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11 mayo 2010

EL CASTILLO DE NOUDAR

AISLADO DE TODO Y DE TODOS

Ha brotado ya la primavera en los campos del Alentejo portugués, esa tierra perdida en el sur del país, tan alejada de las grandes rutas turísticas que el viajero puede desenvolverse por ella sin sentir la presión de la multitud que todo lo invade. Donde todavía es posible sorprenderse con pequeños detalles inalterados al paso de los siglos y con joyas artísticas que no viene a visitar casi nadie. Regreso otra vez al Alentejo, como he hecho tantísimas veces desde que hace ya muchos años descubrí la belleza insuperable de sus puestas de sol y esa casi mágica combinación de extensos bosques de encinas con planicies donde se siembran cereales y crecen viñas. Vuelvo ahora, en la mejor de las compañías, mientras una inmensa explosión de colores envuelve nuestro viaje, como si la naturaleza quisiera transmitirnos que ella  sola se basta y se sobra para componer el más brillante de los lienzos impresionistas.

He retornado a Noudar, el viejo castillo aislado de todo y de todos, en el mismo confín de la raya portuguesa, esa línea trazada en los mapas que quiso separar durante siglos e inútilmente la frontera entre España y Portugal. Donde se desarrollaron enfrentamientos y hasta guerras por lo que aquí llamaron los Pleitos de la Contienda.

Así que las divisiones administrativas confirman que este castillo pertenece al término municipal de Barrancos, aunque esté alejado de él más de diez kilómetros. Sin embargo, aupado en lo alto de la torre del homenaje, mi vista no halla razones para tanta delimitación: en medio de un inmenso mar de encinas y prados florecidos, los cursos serpenteantes de los ríos Múrtiga y Ardila logran confundirme hasta llegar a la conclusión del sinsentido de las delimitaciones fronterizas, máxime en una tierra de gentes pobres, obligadas por la historia y el hambre al menudeo del contrabando de café y otros productos de escaso valor, imprescindibles para mejorar aunque fuese ínfimamente sus maltrechas economías domésticas.

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Noudar es un topónimo de etimología incierta, al igual que sucede con sus mismos orígenes. Probablemente hubo aquí un asentamiento islámico que debió pasar, a fines del siglo XII, a manos portuguesas que reconquistaron este territorio aprovechando la crisis del imperio almohade. Más tarde mudó temporalmente de dueño, al entrar en posesión de Castilla hasta que en 1283 Alfonso X donó la fortaleza a su hija Beatriz, casada con el rey portugués Alfonso III. Ya casi acababa el mismo siglo cuando el rey D. Dinis concedió fuero a la población y la entregó a la Orden de Avis, lo que viene a demostrar que poseía ya entonces cierta importancia.

Mientras recorro de un lado a otro las murallas de Noudar y me pierdo entre sus ruinas, recuerdo cómo aquel monarca portugués trató de impulsar la repoblación de la villa. Estando como estaba frente a frente a tierras de Castilla no debía resultar atractiva para posibles repobladores. Así que el monarca la convirtió en el primer coto de homiciados del país: quienes acudieran a instalarse en el lugar quedarían exentos de las penas de las que fuesen acreedores por los delitos cometidos, pasado un tiempo de su asentamiento allí, en la misma frontera, teniendo a escasos metros la siempre amenazante presencia castellana.

Debió ser en época de ese mismo rey cuando Noudar adquirió las trazas que ahora puedo apreciar desde lo alto de sus torres: una planta cuadrangular muy irregular, de casi una hectárea de extensión amurallada que queda sectorizada por  diez torreones macizos; con una alcazaba interior presidida por una poderosa torre del homenaje cuadrada que se eleva hasta los dieciocho metros de altura y conserva aún en su planta superior una cisterna que ahora casi rebosa de agua. De la arquitectura gótica de Noudar apenas queda nada: un simple arco apuntado en la cara externa de la puerta principal de acceso al castillo. La iglesia de la villa, hoy muy mutilada, es ya una construcción de época barroca.

Descanso un rato en una de las escasas viviendas restauradas de Noudar y me asombra que aún en 1704 donde estoy ahora viviese una población de casi 400 vecinos y que fuesen todavía casi 200 cuarenta años más tarde. En esas fechas podemos establecer, ya sin solución de continuidad, la decadencia de esta fortificación fronteriza, rematada con una epidemia de cólera morbo que en 1855 debió diezmar a los escasos habitantes que allí quedasen.  Años después, el estado portugués iniciaba un proceso de venta del castillo en pública subasta, que quedó finalIzado en 1910. Y así  estuvo Noudar en manos particulares, hasta que en 1997, ya completamente arruinado, volvió a propiedad pública.

Siempre que visito un castillo me cuesta trabajo abandonar sus muros. Más aún aquí por múltiples razones. Casi todo lo que he vuelto a contemplar son ruinas, pero los restos mínimos que vemos nos permiten evocar e imaginar; recrear la vida que esta población debió tener antaño; dar rienda suelta a nuestra imaginación al reflexionar sobre cómo sería la dura existencia de quiénes hasta aquí llegaron tratando de huir de sus propios delitos. Pero, por otra parte, ya es primavera en Noudar: los ríos bajan llenos de agua y desde las torres casi puede escucharse su murmullo; miles de flores tapizan el suelo hasta donde nuestra mirada alcanza a contemplar. No. Ninguno de los que hasta aquí hemos llegado queremos irnos. Y cuando finalmente lo hacemos creo que compartimos en silencio la misma idea: habrá que volver. Tomara: así es como se dice ojalá en portugués.

Sobre Noudar podéis leer la información que ofrece la Wikipedia en portugués, así como la excelente ficha básica contenida en la página del IPPAR.

05 marzo 2010

EL CASTILLO DE BELVÍS DE MONROY

UNA VISITA A LA ESPAÑA EN RUINAS

Llueve de manera inclemente sobre España, hasta convertir casi todo el país en una inmensa laguna que recorro apresuradamente de sur a norte, dirigiéndome hacia el centro peninsular en busca de esas exposiciones que, lamentablemente, nunca llegan hasta los que vivimos en provincias. A unos kilómetros de la carretera por la que viajo alcanzo a ver recortada en el horizonte la silueta del imponente castillo de Belvís de Monroy (Cáceres), enclavado en la comarca del Campo Arañuelo. Me prometo visitarlo a mi regreso, haciendo caso omiso del mal tiempo que no nos abandona.

Así lo hago tres días después: llego a una pequeña población en la que, según el INE, no moran más que 670 habitantes, cuyas viviendas se arraciman a los pies del castillo. Me parece regresar de nuevo a esa España profunda de la que nuestros políticos suelen afirmar interesadamente que ya hemos dejado atrás. Pero no es del todo así y la existencia de una pequeña oficina de turismo no  me convence de lo contrario, pese a que me atienden, me dan un plano, me avisan de los riesgos que puedo correr... si entro en el castillo y me advierten que si deseo yantar en el pueblo... debo avisar previamente al Hogar del Pensionista, pues no hay otro sitio donde poder comer.

Con cierta desazón me dirijo hacia el castillo mientras lo de esa España profunda no se me va de la cabeza. Y no lo digo con desprecio hacia estas gentes que aquí habitan, sino hacia quienes toleran, en la comodidad de sus poltronas y coches oficiales, que una joya como la que parece ser este edificio se encuentre en el lamentable estado que ahora empiezo a contemplar, como me ha pasado en tantos otros lugares del país. Ya en la entrada me aguarda una única información municipal: "castillo en ruinas". Y ruinas son las piedras que tengo a la vista. Y, como  siempre, se provoca en mi un doble sentimiento de nostalgia y de enfado. Sé que este castillo es propiedad particular y comprendo que no puede exigírsele a un Ayuntamiento de tan escasa población que corra a cargo de la recuperación y rehabilitación del edificio. Pero, más arriba, las autoridades autonómicas y estatales algo deberían hacer al respecto.

El castillo de Belvís tiene unas dimensiones considerables y la historia nos cuenta que su construcción se remonta al siglo XIII, continuando luego mediante sucesivas ampliaciones entre los siglos XIV y XVII. hay pues en sus trazas arquitectónicas elementos del arte gótico que conviven con otros más tardíos que nos remiten a ideas renacentistas e incluso barrocas. En todo caso, me cuesta la mayor parte de las veces identificar épocas y estilos, porque prácticamente todo lo que me rodea está presidido por la desolación y el abandono, al tiempo que son evidentes sucesivos expolios de diverso material.

Mientras llueve y sopla con fuerza el viento, recorro en soledad estos muros, trepo por inestables escaleras y alcanzo a auparme hasta la imponente torre del homenaje que remata la silueta del castillo y desde la cual puedo divisar las trazas de una población cuyas gentes ya se disponen a almorzar, refugiados en sus casas a salvo del mal tiempo mientras yo, en cambio, recorro un edificio que en algún momento trató de conjugar las funciones militares que lo originaron con otras más cultas, allá por el Renacimiento, cuando fue tratado más como residencia palaciega que como conjunto defensivo, funcionalidad entonces poco necesaria. 

Mi mirada va de los recios arcos apuntados que los saqueadores no han podido arrancar a los restos de algunos matacanes, de las saeteras dispuestas aquí y allá a la singularidad de una torre almenada de planta triangular; de las atrayentes escaleras que conducen al vacío a los paramentos levantados con sillares. Ahora sale el sol por un momento y puedo recrearme contemplando los escasos motivos decorativos in situ, algún arco en cortina o las fábricas en ladrillo o tapial e imaginar, al mismo tiempo, cómo serían las duras vidas de quienes aquí habitaron.
 
Vuelve a llover sobre el castillo de Belvís de Monroy y pese al crudo invierno que atravesamos, cuando abandono ya estos muros donde una hora se me ha pasado en un suspiro, reparo en un detalle que antes no había contemplado, ansioso como estaba por llegar hasta aquí: al amparo de uno de los lienzos encuentro un hermoso árbol completamente florecido. Como yo deseo que florezca y se recupere esta fortaleza a la que tal vez, un día, regrese.

Esta Web extremeña dedica un apartado específico al interesante y desolado castillo de Belvís, con abundante información y un plano. Más datos en castillos.net en esta otra página, con buenas fotos.

14 enero 2010

UN MONASTERIO CISTERCIENSE

SANTA MARÍA DE MORERUELA


Vuelvo a cruzar por carretera, de norte a sur, la provincia de Zamora, siguiendo la antigua Vía de la Plata. Me gusta recorrer esta zona del antiguo reino de León; estas viejas tierras del Duero en las que el Arte y la Historia aparecen casi en cada esquina, tras cada curva del camino. Así me sucede otra vez en las cercanías de la pequeñísima población de Granja de Moreruela, próxima al río Esla. Me aparto brevemente de mi ruta para visitar las ruinas del monasterio de Santa María de Moreruela, un majestuoso conjunto ahora en vías de restauración parcial. Me admiran estas piedras que aún hoy pregonan la importancia que el cenobio debió poseer en el pasado.

Derecha: vista exterior de la cabecera del monasterio. Debajo: reconstrucciones virtuales del conjunto.


Nos señala la Historia que existió en la zona una comunidad monacal anterior, quizás desde el siglo IX, pero hemos de esperar a mediados del siglo XII para que se levante el imponente conjunto de cuya visión puedo ahora disfrutar. Por entonces los reinos de León y Castilla estaban unidos bajo la corona de Alfonso VII el Emperador, quien impulsó la repoblación de estas tierras. Ello explica el levantamiento de este monasterio, unas de las primeras fundaciones de obediencia cisterciense en nuestro país, que debió crearse en una fecha imprecisa en torno a los años 30 ó 40 del siglo XII.

Imagino ahora a esos primeros monjes blancos del Císter, empeñados en la reforma de la orden benedictina, dándole mayor austeridad y planteándose su vida religiosa con mayor recogimiento, pero ilusionados al mismo tiempo en la erección de su monasterio, que acabaría consagrado a Santa María. Las ruinas que contemplo son el testigo mudo de la importancia que este cenobio alcanzó en los últimos siglos medievales y, vistas como hoy en un día de invierno con aguaceros constantes, resultan aún más atractivas: los parcos restos del claustro y de otras dependencias, la sala capitular abovedada pero ya restaurada y, sobre todo, la impresionante cabecera de la iglesia abacial.


Izquierda: vista de los restos de la iglesia hacia la cabecera. Derecha: planta del templo.

Esa enorme iglesia debió levantarse ya avanzada la segunda mitad del siglo XII cuando, por paradójico que pueda parecernos, estos monjes cistercienses carecían aún de modelos propios en los que basarse para erigir sus propios templos, de manera que el edificio tomó como referencia la iglesia del monasterio de Cluny, en Francia, que había sido consagrada en 1130. Formalmente el templo muestra la transición entre la arquitectura románica y la gótica: de ésta dan cuenta el uso del arco apuntado y la bóveda de crucería, pero el espesor de los muros y lo reducido de los vanos nos remonta aún a la mentalidad románica.


Izquierda: vista de la iglesia hacia los pies. derecha: sector del presbiterio.

Avanzo por los restos de las tres naves, de las que sólo se conservan los muros externos y los arranques de los pilares que marcaban sus nueve tramos y me sitúo en el centro de lo que fue el transepto, que mantiene aún parte de su abovedamiento, para contemplar la asombrosa cabecera absidada, enmarcada por un gran arco toral y dispuesta en dos alturas. En la de abajo, robustas columnas sostienen arcos apuntados, mientras que en la de arriba se abren vanos de medio punto peraltados. Más allá, la girola, cubierta con bóvedas de ojiva, se abre a siete absidiolos con planta de arco de herradura. Levanto la vista para contemplar una poderosa bóveda de cuarto de esfera, reforzada por fuertes nervios que concluyen en los típicos cul-de-lamp de la arquitectura cisterciense. Es enorme la belleza de esta piedra desnuda, pese a la escasa decoración que propugnaba la austeridad de la orden.
Inferior:  vista de la cabecera con la girola y sistema de abovedamiento.


Inferior: exterior de la cabecera del templo y vista hacia el interior.


Salgo al exterior de la iglesia para acabar mi visita con la contemplación del exterior de su cabecera: una sinfonía de volúmenes, un juego de diferentes alturas. Cuesta trabajo terminar, porque todo es aquí interesante. La densidad de la piedra y la pequeñez de los vanos abocinados, el ritmo de los absidiolos y, sobre todo, la capacidad de estos restos para hacernos evocar el pasado. Un pasado lejano en que unos monjes querían servir a Dios siendo austeros. Por eso era tan importante para ellos levantar a ese dios suyo una morada digna, en la que pasarían muchas horas al día orando, al tiempo que luchaban contra el afán de ostentación de los monasterios cluniacenses, tal como defendía San Bernardo, el más conocido teórico de la orden: "La iglesia relumbra por todas partes, pero los pobres tienen hambre". Tenía razón.


Todas las fotografías del monasterio están realizadas por Pablo Moriña, a quien agradezco además la compañía, como a Vicente y las tres damas. Las reconstrucciones virtuales del cenobio son obra de la empresa Aguicamp, arquitectura e ingeniería, en cuya Web podéis encontrar más datos sobre el monasterio. Además, os recomiendo seguir el hilo de los interesantes comentarios de estos pobladores de Celtiberia.net.

07 agosto 2009

ORGOSOLO

MURALISMO POPULAR EN CERDEÑA

Pocos lectores de ENSEÑ-ARTE habrán oído hablar de Orgosolo. Y con razón. Se trata de una pequeña localidad enclavada en el corazón de las montañas del noreste de la isla de Cerdeña (Italia). Llego hasta aquí atraído por lo que he leído en algunas guías: los antropólogos de los años cincuenta del siglo pasado hablaban de una comunidad que conservaba rasgos verdaderamente arcaizantes; un antiguo pueblo de pastores y gentes del campo, apegados a sus antiguas tradiciones, para los que el siglo XX quedaba aún lejos, hasta el punto de que el bandolerismo había sido un fenómeno presente hasta momentos bien recientes. Pero sobre todo, me trae hasta Orgosolo el conjunto de pinturas murales que decoran las calles y plazas del municipio. Tal vez de aquellos arcaísmos quede poca cosa en el pueblo, afortunadamente, y tal vez sea mejor solicitar al ayuntamiento local que mejore el aspecto de la población, pensando no en quienes llegamos hasta ella para ver sus pinturas, sino en la vida cotidiana de sus moradores.

No obstante, los murales que he podido ver en Orgosolo hacen olvidar todas las críticas y justifican plenamente la visita. Se trata de un extenso repertorio de pinturas caracterizado sobre todo por un elevado componente de crítica social y política. Las primeras obras surgieron a finales de los años sesenta, en una época en la que aún parecía inminente el derrumbe del capitalismo con sus falsas promesas de felicidad general. Desde entonces, el número de murales no ha parado de crecer, impulsado por gentes venidas de fuera y por artistas locales y otras personas de Orgosolo. El contenido responde a planteamientos vigentes en la época de su realización entre los grupos de izquierda y extrema izquierda: la vida de Antonio Gramsci (el fundador del partido comunista italiano) transcurre ante nuestros ojos, al igual que podemos contemplar imágenes alusivas al Che Guevara o a los creadores del marxismo-leninismo. Otras hacen referencia a la lucha de las mujeres por su emancipación, pero no faltan vibrantes escenas de vida cotidiana o críticas a la situación política italiana en la actualidad.

En todo caso, me llamó la atención la alta calidad de estos murales populares que recurrían a planteamientos cercanos a la estética cubista y al más puro expresionismo para contarnos la colorista y sencilla visión de los humildes acerca de la historia y de las dificultades de la vida, entroncando en este sentido con las posiciones del muralismo mexicano. Una completa muestra de arte popular de enorme interés, porque logra atraer al espectador y hacerle reflexionar sobre cuestiones que muchas veces parecen olvidarse en la vida cotidiana. Son pocas palabras, que en este pueblo perdido en las montañas sardas quedan expuestas de forma rotunda en imágenes. Justicia, igualdad, derechos civiles, libertades. Educación ciudadana, en definitiva.

Más información y fotos sobre los murales de Orgosolo en este blog en español y en la página Web del municipio. Ved también esta serie de 24 imágenes del fotógrafo Javier Galiana. Os dejo además esta presentación para que os hagáis mejor idea del patrimonio popular de Orgosolo. Con Dylan de compañía... la respuesta está en el viento.

08 febrero 2009

LA PERVIVENCIA DE LO MUDÉJAR

FACHADAS MUDÉJARES DE PAYMOGO (HUELVA)

Debatíamos el otro día en clase sobre la utilidad del mudéjar para dar respuesta a las necesidades de la arquitectura popular e indicábamos cómo en ello residía el éxito de este arte que había logrado pasar a la América hispana y, lo que es más sorprendente, mantenerse en muchas de las soluciones que aún hoy en día se emplean en la arquitectura de los núcleos rurales andaluces.
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Como este último hecho pareció asombraros, traigo aquí dos muestras de esta pervivencia de lo mudéjar en pleno siglo XXI, recogidas recientemente por mi en una visita a la localidad de Paymogo (Huelva), fronteriza ya a la raya portuguesa, junto a la ribera del Chanza y donde una saga de Moriñas mantiene la querencia a la tierra de sus mayores.
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Observad estas dos fotografías de viviendas de la citada localidad. En la primera podemos apreciar claramente cómo en una remodelación de la casa se mantiene una fachada con elementos clásicos interpretados de manera popular; esas hermosas pilastras que enmarcan una puerta de madera. Muy probablemente tales elementos decorativos eran originariamente de ladrillo y debían insertarse en el conjunto de un muro de tapial. La reforma ha consistido en enfoscar todo el paramento, buscando darle mejor resistencia al deterioro. En la segunda fotografía podemos ver ya finalizado el resultado de un proceso semejante en otra vivienda de Paymogo. Los elementos decorativos y ennoblecedores de la fachada se pintan convenientemente, para que resalten dentro del conjunto, que se deja en color blanco.
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Pero es que en esta localidad me encontré con un buen número de viviendas que mostraban esa pervivencia de los repertorios mudéjares. Dos elementos son comunes en ellas: de una parte, la idea de que a la parte central de la fachada (correspondiente a la misma portada) ha de dársele una consideración especial, recuperando motivos clásicos, lo que nos indicaría usos mudéjares ya propios de la Edad Moderna, una vez desarrollado el Renacimiento. De otra parte, el empleo del ladrillo como material básico para armar la decoración de la fachada, anque luego se recurra a encalarlo una y otra vez. Tomamos allí unas fotos apresuradas que os dejo aquí. Son testigo de los que comento. Bien harán los paymogueros en mantener este repertorio de fachadas. Siglos de historia y arte popular pueden leerse en ellas.



Create Your Own

30 agosto 2008

IGARTUBEITI

UN CASERÍO VASCO DEL SIGLO XVI

Viajar tiene estas cosas. Estas sorpresas. Decides un día apartarte de las autopistas habituales y adentrarte por las pequeñas carreteras locales. Tu destino es ninguno en especial. Sólo buscas estar solo, seguir huyendo de las prisas, moverte por donde se mueva poca gente. pero, de pronto, llega lo inesperado. Algo que surge sin aviso y que resulta del máximo interés.

Me ha pasado muchas veces, me sucedió el otro día, viajando por la provincia de Guipúzcoa, en el municipio de Ezquio-Itsaso. Surgió de repente a la salida de una curva. Igartubeiti: un caserío del siglo XVI, rehabilitado y con un centro de interpretación (éste, de dudoso gusto estético, por la tremenda agresión al paisaje). Con un guía cordial que hizo más agradable, si cabe, el recorrido. Cuento aquí lo que me contó, lo que pude ver y lo que he leído después.

Se trata de un edificio a dos aguas de amplias dimensiones, construido casi íntegramente en madera, con la excepción de algunos muros perimetrales de mampostería. Fue levantado en una fecha imprecisa a mediados del siglo XVI y experimentó una profunda ampliación en las primeras décadas del XVII. Dispuesto en dos plantas, posee un enorme lagar de sidra en la superior, del que asombran las dimensiones de la prensa de madera y del tornillo vertical que lo hacían funcionar.

Toda la estructura de la vivienda es aditenlada, empleándose para la sijeción de las cubiertas y entreplantas grandes pies cuadrados, preferentemente de madera de roble. La compartimentación de los espacios interiores muestra con claridad la clásica división tripartita de las viviendas rurales: espacios para los habitantes de la casa, para los animales y, finalmente, para guardar los frutos de las cosechas y los aperos de trabajo.








En su configuración actual, hasta cierto punto musealizada, Igartubeiti muestra un hermoso y amplio porche cubierto, realizado íntegramente en madera, a excepción de las losas que lo pavimentan. Allí parado durante algunos minutos recordé como fue precisamente la madera el material con la que los seres humanos realizaron las primeras arquitecturas de la historia. Quizás hoy estas estructuras lígneas puedan resultarle de cierta pobreza al visitante inadvertido, pero están en el origen de una preocupación básica de nuestra especie, la del alojamiento. Si no hubiésemos empezado por ahí, hoy no habría rascacielos. Pero este caserío perdido en mitad de los montes vascos nos recuerda que hasta no hace muchos siglos arte y artesanía caminaban siempre de la mano y, además, nos da a todos una pequeña pero importante lección: la de que podemos vivir y usar la naturaleza sin agredirla. No es poca cosa.
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Es imprescindible visitar esta página sobre Igartubeiti, con buenísima información y en la que podréis descargaros en PDF un libro sobre el caserío. Más informaciones en esta otra web.
 

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