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17 abril 2008

ANTONIO CANOVA

BUSCAR LA PERFECCIÓN EN EL MÁRMOL

El artista del que nos ocupamos ahora es una buena demostración de cómo la genialidad supera todo tipo de dificultades. El italiano Antonio Canova (1757-1822) nació en una familia con escasos medios económicos, quedó huérfano a muy corta edad y con pocos años tuvo que colocarse en una cantera. Y allí, en contacto con la piedra, él mismo pudo descubrir que tenía unas dotes excepcionales para la escultura, de tal modo que tras encontrar un protector pudo desarrollar algunos estudios artísticos. Quizás no le hiciesen demasiada falta, porque ya en la adolescencia era capaz de esculpir obras en mármol de considerable tamaño y elevada calidad.

Antonio Canova: "Paulina Bonaparte como Venus" (1804-1808). Roma.

Fue así como este hombre nacido en el Veneto acabaría por instalarse en Roma, donde el éxito acompañaría de forma creciente su producción que, iniciada dentro de los patrones del último barroco, derivaría hacia un estilo propio que puede considerarse el paradigma de la escultura neoclásica. Sus obras se inspiran directamente en los modelos de la antigüedad y su maestría en el trabajo del marmol queda bien patente a lo largo de su dilatada carrera, que lo llevó a ser considerado en su época el mejor escultor de toda Europa. Trabajó en Roma para los papas, sus obras fueron solicitadas por los reyes y poderosos del continente, incluido napoleón Bonaparte, y cultivó todo tipo de temas, desde el retrato hasta el sepulcro funerario, pasando por los de carácter mitológico, por los que sentía especial predilección, dado su interés por los temas de la antigüedad clásica.

El éxito artístico de Canova debe entenderse también desde la perspectiva de su peculiar forma de trabajar. Él, que había comenzado su carrera prácticamente como picapedrero, ponía en cada trabajo un afán de artesano que le llevaba a elaborar cada obra con una gran meticulosidad hasta que la pieza quedaba a su completa satisfacción. Una vez concluida la talla de la escultura, cuidando al máximo todos los detalles, Canova se esmeraba en su pulimento, hasta hacer que la superficie quedase absolutamente brillante. Buscaba con ello dejar en sus esculturas su peculiar idea de belleza, que siempre concibe de una forma idealizada, al modo griego. sabemos todos que la belleza es algo subjetivo, pero canova creía firmemente que él lograba hacerla inmortal en sus obras de mármol. tal vez tuviese razón. Juzgad por vosotros mismos, viendo esta presentación en la que he recogido algunas de sus obras más destacadas.
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Antonio Canova: "Apolo coronándose" (1781). Los Ángeles.


La Artcyclopedia presenta numerosos enlaces a otras webs de museos e instituciones que custodian obras de Canova, de quien podéis leer una biografía ilustrada en esta página italiana. pero no dejéis de entrar en esta otra web que, con motivo de una exposición recientemente clausurada sobre la famosa escultura de Paulina Bonaparte, recoge unas increíbles fotografías de alta resolución, así como el catálogo de la muestra.

16 abril 2008

CRISTO VELADO

UNA EXTRAORDINARIA REPRESENTACIÓN DE LA MUERTE

Sucede muchas veces, cuando estudiamos un determinado periodo artístico, que nos detenemos únicamente en el análisis de los principales autores, sin reparar que junto a ellos siempre hubo muchos otros que ocuparon un lugar secundario y de los que sólo se ocupan los libros más especializados. Evidentemente, no todos los artistas son verdaderos genios y por eso la atención se detiene más en unos que en otros. Sin embargo, es frecuente también que un artista de esos que solemos considerar como de segunda fila realice una obra que roza la genialidad, que nos atrae poderosamente por algún motivo.
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Giuseppe Sanmartino: "Cristo velado" (1753). Nápoles.
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Bien, pues como pequeño homenaje de uno de esos artistas menos conocidos, traigo aquí una obra que quizás atraiga vuestra atención. Nuestro escultor se llamaba Giuseppe Sanmartino (1720-1793). No cabe duda de que con ese nombre era italiano y su producción puede encuadrarse dentro del estilo rococó. Pero claro, el análisis de la escultura del siglo XVIII se centra casi siempre en la obra de Antonio Cánova, de manera que este otro autor queda a un lado; no hay tiempo para estudiarlo.

Sin embargo Sanmartino nos dejó una obra extraña, original en el planteamiento y novedosa en el tema representado. Se trata del Cristo velado, esa escultura hecha en mármol que nos muestra a un Jesús yacente y que se encuentra en la capilla de Sansevero, un pequeño recinto funerario situado en medio de un jardín de un palacio en la ciudad de Nápoles. El cadáver reposa sobre un catafalco y dos cojines sostienen la cabeza de Cristo, cuyo cuerpo aparece enteramente cubierto por un velo, la famosa Sindone o Sábana Santa, desde la cabeza a los pies, junto a los cuales encontramos la corona de espinas y los clavos, para cuya extracción se han empleado unas tenazas que también figuran esculpidas.

Sanmartino, que contaba 33 años cuando esculpió esta escultura tan asombrosa, se inspiró en un modelo anterior hecho en terracota por otro autor italiano. El contrato por el que se encargaba la obra exigía al escultor que la finura de la capa de mármol que representase velo fuese tal que pudiese apreciarse de manera completa el semblante de Cristo. Así que el artista se pone a la tarea y emplea par ello, en un momento determinado un velo que le sirva de orientación en el delicado encargo que ha recibido. Lo resuelve de forma magistral, con esa tércnica que recuerda tan de cerca los paños mojados de Fidias y confiere a la estatua un acentuado dramatismo: la cabeza caída hacia el laldo derecho, el cuerpo exánime, las piernas ligeramente arquedas y ese rostro sin vida que el velo transparente deja ver, pese a su consistencia marmórea. La muerte humana, en definitiva, extraordinariamente representada de la mano de una artista a los que nuestros apresurados temarios no permiten prestar atención.

La capilla de Sansevero, hoy museo, dispone de su propia página web (en italiano e inglés) en la que encontraréis una descripción de esta escultura. Sobre su autor, tenéis una breve biografía en la Wikipedia italiana.

20 agosto 2007

JEAN-ANTOINE HOUDON

EL RETRATISTA DE LOS ILUSTRADOS

Paseaba el otro día por ese inmenso "bosque de arte" que es el Metropolitan Museum de Nueva York, algo aturdido ya por tanta belleza, cuando me di casi de bruces con la escultura que se muestra en las fotografías. Debo decir que no conocía esta obra, titulada "la friolera" (1787), aunque sí recordaba a su autor, el francés Jean-Antoine Houdon (1741-1828), un artista de esos llamados "menores" y que podemos calificar como el escultor de los ilustrados, ya que entre su producción encontramos numerosos retratos de personajes de primera importancia en el Siglo de las Luces europeo, tales como Voltaire o Diderot, y también de algunos revolucionarios norteamericanos, como Franklin o Washington.

En verdad, nunca me ha atraido especialmente este autor, quizás porque algunas de sus obras me recuerdan inexorablemente a los libros de historia de mi adolescencia, en los que aparecían algunos de esos personajes, siempre en blanco y negro y con malísimas reproducciones. Pero ahora tenía ante mí una escultura femenina en bronce, sorprendida en una actitud bien atrayente al curioso: la de una joven casi desnuda, que trata de resguardarse del frío con el escaso velo que cubre la parte superior de su cuerpo, al tiempo que éste se encoge, tratando de conseguir algo de calor. La cabeza mira al suelo y en verdad poco importa su rostro, porque la figura es claramente la pesonificación del invierno; del mismo frío en definitiva. En resumen, un instante de vida cotidiana, de suma belleza, y de la mano de un autor del que no lo hubiese esperado.

Jean-Antoine Houdon "La friolera" (1783) Montpellier. ............... "El invierno" (1793) París.

Regreso a casa e indago un poco sobre el autor y sobre el tema aquí comentado. Resulta que Houdon pareció sentir una cierta predilección por el desnudo femenino y que, entre otros ejemplos, realizó también una escultura en mármol (en este caso, de 1783), prácticamente idéntica a la que comentamos, conservada en el Museo de Montpellier y que sirvió de evidente modelo a la del Metropolitan. Pero aún hay más. Unos años después, el artista retoma el tema y esculpe, esta vez en una terracota de pequeño tamaño, el mismo motivo con algunas variaciones. En fin, Houdon pasa por ser un claro ejemplo de la escultura neoclasicista, pero en esta ocasión la actitud del personaje femenino y su movimiento (que delata claramente el frío que la embarga), ese intimismo que irradian, sitúan a estas obras más cerca de los postulados del primer romanticismo que de la pura lógica del neoclásico. En arte, como casi siempre, dos y dos nunca suman cuatro. Así pasa también en la vida: cuando esta "friolera" atrajo mi atención, en Nueva York hacía un calor insoportable.

Visitad esta galería virtual que nos muestra 51 obras de Houdon y leed más sobre él en la Wikipedia francesa.
 

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