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23 mayo 2010

EL MONASTERIO DE TENTUDÍA

DETENIENDO EL SOL EN SU CAMINO

Imaginemos por un momento una situación del todo imposible: estamos combatiendo con nuestro ejército contra un poderoso enemigo y parece que la suerte va decantándose de nuestro lado. Pero tenemos un elemento en nuestra contra: no podemos combatir en la oscuridad y la noche ya se nos viene encima, de modo que la victoria corre un serio peligro.

Así que en esta tesitura nos encomendamos a la Virgen María y le solicitamos que detenga el recorrido del sol en su camino hacia el ocaso, que alargue el día hasta que hayamos vencido en el combate. La Virgen se apiada de nosotros y, finalmente, podemos saborear nuestro triunfo.

Cuenta la leyenda que una cosa así le sucedió al gran maestre de la Orden de Santiago Pelay Pérez Correa hacia 1247, luchando contra los musulmanes en las montañas de la Sierra Morena del sur de Extremadura, cerca de la localidad de Calera de León (Badajoz), cuando la corona castellana, en manos de Fernando III, se disponía ya a afrontar la reconquista del bajo valle del Guadalquivir, que se remataría con la toma de Sevilla en 1248. La encomenación a la Virgen, bajo la fórmula de "Santa María, detén tu día", surtió el milagroso efecto y el maestre pudo acabar aquella jornada disfrutando de su victoria sobre los musulmanes.

No querría, desde luego, el maestre santiaguista que un milagro así, y su propia victoria, quedasen en el olvido. De modo que para conmemorar tan excepcional acontecimiento dispuso la construcción de una ermita en el punto más elevado de aquellas montañas, a 1104 metros de altitud. Curiosamente, no faltan historiadores que estiman que la leyenda es muy posterior a la muerte del maestre, ocurrida en 1275, ya que no debió surgir hasta bien entrada la primera mitad del siglo XIV. No obstante, la construcción de una iglesia en la segunda mitad del siglo XIII es cosa segura: aparece citada en las cantigas de Alfonso X. Además, allí están depositados los restos de Pérez Correa, trasladados a este lugar a comienzos del siglo XVI.

Para entonces el primitivo edificio mudéjar había experimentado una considerable transformación, en el mismo estilo, al objeto de convertirlo en un monasterio santiaguista, levantado en mampostería y ladrillo. A la iglesia de tres naves se le añadieron en la cabecera sendas capillas funerarias laterales, levantadas con bóvedas de arista sobre trompas, en las que se dispusieron enterramientos de algunos maestres de la orden. A comienzos del siglo XVI se adosó al templo un pequeño claustro mudéjar de ladrillo, con aljibe central y organizado en dos alturas. El ritmo compositivo se confía a la diferencia en el tipo de arcos (de medio punto peraltado en la planta baja y escarzanos en la superior) y a su variación en número (cuatro abajo y cinco arriba, todo ellos con alfiz). En ambos casos los soportes son pilares octogonales.


En época más tardía aún se rehizo la iglesia, hasta darle su actual aspecto de una única nave, cubierta con bóveda de cañón. Sin embargo, se respetó la cabecera, con lo que las capillas laterales, que sorprenden por su amplitud, quedaron inalteradas. En el presbiterio se encargó un retablo de azulejería, que llevó a cabo el famoso ceramista Niculoso Francisco Pisano. Pero esta obra es digna de un texto en exclusiva. Lo dejamos para mañana, porque ya el sol ha llegado al final de su recorrido y a diferencia de lo que ocurrió en Tentudía, aquí no se detiene y desaparece en el horizonte. Los milagros no son cosa cotidiana.

En esta página sobre Calera de León hallaréis informaciones e imágenes sobre el monasterio de Tentudía, al igual que en esta otra. Ved también esta ficha del centro Virtual Cervantes. Por último, debéis saber que Pérez Correa era portugués. Sobre él, y sobre otros como él que trabajaron para la corona de Castilla, mi maestro Miguel Ángel Ladero, (a quien rindo homenaje) escribió este texto: "Portugueses en la frontera de Granada", descargable aquí en PDF.

31 marzo 2010

SANTA MARÍA LA BLANCA

HISTORIA Y ARTE DE UNA SINAGOGA

Amanezco en Toledo un frío día de finales del mes de febrero. Tan frío que apenas hay gente por la calle cuando me dirijo a visitar la antigua sinagoga de Santa María la Blanca. Mejor así, porque cuando llego hasta allí caminando por las callejuelas de la ciudad el edificio está prácticamente vacío. De manera que me despojo de todo tipo de prisas y me concentro en admirar este mudo testigo de nuestra historia; la de un pasado en el que los judíos rezaban aquí libremente a su dios y levantaban para ello casas de oración tan hermosas como ésta, antes de que la intolerancia acabara por expulsarlos del país, de su Sefarad, en 1492.

No sabemos con certeza cuándo se erigió esta sinagoga, aunque en una de sus primitivas vigas de madera se halló una inscripción que alude al año 4940 del calendario judío, lo que viene a equivaler a nuestro año 1180, cuando reinaba en Castilla Alfonso VIII, el de Las Navas de Tolosa, quien sin duda debió dar su expresa aprobación para la construcción del edificio, tal vez ante la solicitud formulada por su consejero y embajador Abráham ibn Alfache. Sería ésta, pues, la sinagoga mayor toledana, la más importante de la decena que por aquella época llegó a haber en la ciudad. Si así fue, la primitiva obra debió experimentar un incendio hacia mediados del siglo XIII, lo que obligó a reedificarla con las trazas que ahora puedo contemplar. Pero no falta quien atribuye su creación a un momento algo posterior, todavía en vida del mismo rey, aunque a propuesta de Yosef ben Susán y, para completar el enigma, hay también quien propugna debió levantarse hacia 1270, a solicitud de David ben Salomón.

Repaso mentalmente estos datos mientras la luz del invierno toledano va entrando lentamente por los cristales del hastial del edificio, poniendo ante mis ojos una planta basilical bastante irregular, dividida en cinco naves, y me muestra un verdadero bosquecillo de treinta y dos pilares octogonales que sé hechos de ladrillo, aunque los vea ahora forrados en yeso y pintados de blanco. Sobre ellos, se dispone una verdadera sinfonía de arcos de herradura, decorados con yeserías. Más arriba queda un friso con el mismo sistema decorativo sobre el que a su vez se levanta, en ambas caras de la nave central, un segundo cuerpo de arcos ciegos polilobulados que recibe el empuje de la cubierta de madera, a dos aguas.

Toda una lección de arquitectura mudéjar en esta primera mirada a una sinagoga que pronto dejaría de serlo para transmutarse en iglesia, ya en el siglo XV, y recibir el nombre con el que ahora la conocemos, cuando los tiempos anunciaban ya la proximidad de la expulsión. Más tarde el conjunto habría de servir como beaterio y recibió entonces algunos añadidos en la cabecera que, pese a que modificaron sustancialmente esa zona, no afectaron al resto del espacio construido que todavía habría de ver nuevos destinos: los de cuartel y almacén a finales del siglo XVIII.

Aun estando en un país como éste, en el que hasta tiempos recientes ha sido una tradición maltratar muchos de sus edificios más emblemáticos, no deja de asombrarme la variada historia de esta sinagoga, mientras paseo por sus cinco naves y voy recreándome en sus motivos decorativos. Quizás fueron gentes venidas de Al-Andalus  las que labraron estas yeserías geométricas, con su repertorio de roleos, medallones y pequeñas palmetas, todo ello a ritmo constante, que remite a los motivos predilectos del arte almohade. Tanto como los arquillos polilobulados de más arriba, con sus basas y pequeños capiteles pintados a la almagra, o los dos arcos túmidos que en las naves laterales franquean el acceso a la cabecera. Al mismo origen apuntan los capiteles, que poseen aquí una estricta función decorativa, ornados ellos mismos con un repertorio de piñas, volutas y cintas. Los recorro uno a uno: la labra artesanal permite apreciar pequeñas diferencias en detalle.

Todo en esta sinagoga alude al arte mudéjar; a ese estilo que triunfó ampliamente en la España medieval porque a la belleza de sus propuestas añadía la sencillez de los materiales con los que trabajaba: el ladrillo, el yeso y la madera. Elementos humildes con los que los judíos toledanos debieron ver colmadas todas sus expectativas de poseer una digna casa de reunión y de oración. Lamentablemente casi nada queda aquí de la presencia hebrea, más allá del propio edificio. Quizás los vacíos en la decoración fuesen los lugares en los que se colocaron inscripciones a Yavhé, hoy perdidas. Pero ya llegan los primeros grupos de turistas y es mejor salir de esta sinagoga que invita al silencio. Pasan tan de prisa, queriendo verlo todo que acaban por no ver nada. Allá en lo alto hay una pequeña yesería distinta a las demás: es indudablemente la estrella de David. Efectivamente, ésta fue casa de judíos.

Hace ya dos años escribí aquí un texto sobre las principales sinagogas españolas. Sobre ésta en concreto podéis consultar las informaciones de esta página del Toledo judío y este análisis, con interesantes notas y algunas fotos. 

28 enero 2010

LA ERMITA DE SAN MAMÉS DE AROCHE

MUDÉJAR TOLEDANO EN LA SIERRA DE HUELVA


El edificio que hoy comento es para mi un viejo conocido. Lo visité por primera vez siendo estudiante de los últimos cursos de la universidad, hace ya más de treinta y cinco años. Aún conservo viejas fotografías en blanco y negro que atestiguan el mal estado en que entonces se encontraba. He regresado luego otras veces allí por pura nostalgia de esta zona, la Sierra de Huelva, así que he ido comprobando cómo progresaba lentamente la restauración del templo y cómo avanzaban las excavaciones del yacimiento arqueológico que lo circunda. Ahora estoy otra vez en el Llano de San Mamés, a los pies de la población de Aroche y muy cerca del río Chanza, que baja caudaloso en este invierno de días lluviosos como el de hoy. Tiene esto, en cambio, la gran ventaja de la soledad, tanta que hasta la iglesia está cerrada y quien se ocupa de su custodia sale a abrirla desde un automóvil en el que se ha refugiado tratando de huir de la humedad que todo parece inundarlo.


Son ya pocos los que dan a esta iglesia su denominación originaria de San Pedro de la Zarza y muchos más quienes la conocen como ermita de San Mamés, porque hasta aquí traen una vez al año al santo patrón de Aroche, en animada romería. Pero, dejando aparte devociones locales, me atrae más el propio edificio y la interesante historia del lugar en el que se encuentra. Aquí, en plena Beturia céltica, se levantó a mediados del siglo I d.C. la ciudad romana de Turóbriga, cuyo foro está literalmente a las puertas de la ermita, de la que se sospecha que aprovechó para su asentamiento las ruinas de una basílica romana de la que, en cierta medida, heredó la planta.


Este templo pertenece a lo que se denomina arquitectura de repoblación, resultado casi directo de la reconquista cristiana de la zona a mediados del siglo XIII. Poco después debió levantarse la iglesia, según modelos pertenecientes al mudéjar de tradición toledana, con las lógicas aportaciones de la arquitectura gótica, bien patentes en la presencia de arcos apuntados y en la organización de las bóvedas del presbiterio. Tratándose de una ermita, sus dimensiones son bastante amplias y desde la portada de los pies vuelve a sorprenderme lo espacioso de su planta basilical dividida en tres naves y tres tramos mediante pilares sobre los que apean arcos apuntados, todos enmarcados por un alfiz. Posee el templo una cabecera organizada en dos tramos, el primero rectangular y el segundo absidado, cubriéndose respectivamente con bóveda de nervios sexpartita y bóveda radial. ¡Hasta aquí ha llegado la presencia del nervio espinazo, tan característico de la arquitectura gótica! Por el contrario, son planos los testeros que rematan las naves laterales, cuya observación en planta permite apreciar los errores cometidos por los constructores para alinearlas con respecto al eje longitudinal del edificio.

La ermita en la que ahora vuelvo a entrar es un mudo testigo de la evolución histórica del lugar. En su construcción se emplearon materiales romanos de acarreo y se recurrió también a la mampostería y al ladrillo, tan propio de la arquitectura mudéjar. Además es posible que en lo que ahora podemos contemplar se sinteticen dos diferentes etapas constructivas: la más antigua, del siglo XIII, sería la cabecera, mientras que la mayor parte de las naves podría ser ya obra del siglo XV. Posteriormente en el XVIII se agregaron el campanario que se alza como torre-fachada  en el hastial de los pies del templo, proporcionándole su característica silueta, así como la vivienda del santero, la sacristía y los dos hermosos porches de arcos rebajados, hechos en ladrillo y encalados en su totalidad.


Izquierda: portada de la Epístola. Derecha: portada del Evangelio.

Pero este templo tiene más cosas que lo hacen tan atrayente. En el exterior puedo recrearme en sus portadas. La de los pies, bajo la torre; la de la nave de la Epístola, con su sencillo arco apuntado con alfiz; y, sobre todo, la de la nave del Evangelio, hecha en ladrillo y con un marcado alfiz sobre el arco apuntado y angrelado. El ladrillo es también el material empleado en los arcos ciegos de medio punto que decoran exteriormente al trano rectangular del ábside, el cual, por cierto, se remata en una preciosa ventana ajimezada, con arquivolta de arco túmido angrelado. ¿Es posible mayor muestra de mudejarismo en esta ermita?





















Izquierda: arcos ciegos del primer tramo del presbiterio. Derecha: ventana ajimezada del ábside. Inferior: pinturas murales del interior del templo. Izquierda: San Cristóbal. Derecha: decoración de un pilar.


Cuando visité la iglesia por primera vez su ajado interior estaba por completo encalado. Sucesivas intervenciones han despojado a los muros de esta capa de cal, hasta descubrir la primitiva decoración que debió tener a mediados del siglo XV. Un repertorio de tradición gótica con escenas diversas: un San Cristóbal cargado de criaturas, una Anunciación y una Última Cena con un San Juan en postura casi imposible. Hay además otras pinturas  de estilo geométrico en la base de los pilares y en el púlpito. Y aquí reside el único pero que puede ponerse al trabajo de recuperación de esta ermita singular. Es muy posible que algunas de esas pinturas tuviesen originariamente los colores chillones que ahora tengo ante mi. El tiempo y la incuria los fueron apagando, pero a sus restauradores eso no pareció preocuparles. Así que dispuestos a recuperar, sensu estrictu, el pasado, se aprestaron a recrear el ya inexistente colorido. Juzgue el lector por las fotos pero, a mi juicio, se les fue la mano.

No hay mucha información en la red sobre esta ermita. Si acaso mirad esta página con algunos datos básicos y la información sobre Aroche que figura en esta otra.

08 febrero 2009

LA PERVIVENCIA DE LO MUDÉJAR

FACHADAS MUDÉJARES DE PAYMOGO (HUELVA)

Debatíamos el otro día en clase sobre la utilidad del mudéjar para dar respuesta a las necesidades de la arquitectura popular e indicábamos cómo en ello residía el éxito de este arte que había logrado pasar a la América hispana y, lo que es más sorprendente, mantenerse en muchas de las soluciones que aún hoy en día se emplean en la arquitectura de los núcleos rurales andaluces.
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Como este último hecho pareció asombraros, traigo aquí dos muestras de esta pervivencia de lo mudéjar en pleno siglo XXI, recogidas recientemente por mi en una visita a la localidad de Paymogo (Huelva), fronteriza ya a la raya portuguesa, junto a la ribera del Chanza y donde una saga de Moriñas mantiene la querencia a la tierra de sus mayores.
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Observad estas dos fotografías de viviendas de la citada localidad. En la primera podemos apreciar claramente cómo en una remodelación de la casa se mantiene una fachada con elementos clásicos interpretados de manera popular; esas hermosas pilastras que enmarcan una puerta de madera. Muy probablemente tales elementos decorativos eran originariamente de ladrillo y debían insertarse en el conjunto de un muro de tapial. La reforma ha consistido en enfoscar todo el paramento, buscando darle mejor resistencia al deterioro. En la segunda fotografía podemos ver ya finalizado el resultado de un proceso semejante en otra vivienda de Paymogo. Los elementos decorativos y ennoblecedores de la fachada se pintan convenientemente, para que resalten dentro del conjunto, que se deja en color blanco.
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Pero es que en esta localidad me encontré con un buen número de viviendas que mostraban esa pervivencia de los repertorios mudéjares. Dos elementos son comunes en ellas: de una parte, la idea de que a la parte central de la fachada (correspondiente a la misma portada) ha de dársele una consideración especial, recuperando motivos clásicos, lo que nos indicaría usos mudéjares ya propios de la Edad Moderna, una vez desarrollado el Renacimiento. De otra parte, el empleo del ladrillo como material básico para armar la decoración de la fachada, anque luego se recurra a encalarlo una y otra vez. Tomamos allí unas fotos apresuradas que os dejo aquí. Son testigo de los que comento. Bien harán los paymogueros en mantener este repertorio de fachadas. Siglos de historia y arte popular pueden leerse en ellas.



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07 febrero 2009

SANTIAGO DEL ARRABAL

ARQUITECTURA DEL MUDÉJAR TOLEDANO

Ya hemos visto como dentro de ese peculiarísimo arte mestizo que es el mudéjar pueden distinguirse diversas variantes regionales; escuelas que introducen alguna novedad distintiva en sus planteamientos arquitectónicos. Este es el caso del denominado mudéjar toledano, emparentado con el de Castilla y León por su uso frecuente del ladrillo, aunque prioriza el empleo de la mampostería para el grueso de los muros. Por tanto, el modelo típico de edificio mudéjar toledano sería aquel que nos presenta hiladas de mampostería separadas por verdugadas de ladrillo, material éste empleado también en las esquinas de las paredes y en los motivos decorativos.

Todo esto que decimos es bien aplicable a la iglesia toledana de Santiago del Arrabal, un templo construido a mediados del siglo XIII. Casi trescientos años habían pasado ya desde que el monarca castellano Alfonso VI conquistase la ciudad a los musulmanes (1085) y sin embargo en este edificio, como en muchos otros de la ciudad, es bien patente la influencia islámica. Si atendemos a su planta, de cruz latina con evidente crucero, la iglesia presenta la típica estructura de los templos parroquiales propios de la época gótica, con tres naves, de las cuales la central es de mayor anchura y altura. La naves se organizan en tramos y se ha empleado en ellas el arco apuntado, sostenido sobre pilares compuestos, todo ello levantado en ladrillo. Por otra parte, el sistema de cubierta es típicamente mudéjar, con alfarjes de madera. Sin embargo encontramos en la cabecera una pervivencia del románico-mudéjar, cual es la presencia de tres ábsides de trazado semicircular, en vez del modelo con un único ábside poligonal que sería más habitual en los templos del gótico-mudéjar.




Hay más detalles interesantes en este templo. Por ejemplo, la presencia de hastiales escalonados sobre las tres portadas (la de los pies y las dos laterales) y sobre el propio crucero. En todos ellos hallamos rosetones de pequeño tamaño, casi óculos, labrados en ladrillo y con tracerías en su interior. Por otra parte, llamará también nuestra atención la torre-campanario: de planta cuadrada, se encuentra exenta del resto de la construcción y su origen (al menos en el primer cuerpo) se remonta al siglo XII. Su caña muestra como único vano en cada cara una ventana geminada con arcos de herradura. En el cuerpo superior, hecho por completo en ladrillo, los vanos adquieren mayo tamaño y se cierran mediante esbeltos arcos túmidos. En todos los casos, la presencia del alfiz delata el origen islámico del constructor. En realidad, esta torre es un vivo retrato de los alminares andalusíes.

Pero desde mi punto de vista, lo más llamativo de esta interesante iglesia lo constituyen los ricos repertorios decorativos que nos muestra, todos ellos realizados en ladrillo. Destaca, de una parte, el conjunto de los tres ábsides, en los que podemos encontrar una verdadera sinfonía de arcos. Partiendo de un zócalo de mampostería, se alzan a dos o tres alturas (según hablemos de los ábsides laterales o del central) unas arquerías que presentan, enmarcados unos en otros, en doble hilera, arcos de diverso tipo: de medio punto, apuntados, túmidos, entrelazados. Su valor mayoritariamente decorativo se deduce de que en su gran mayoría se trata de arcos ciegos, abriéndose únicamente los vanos necesarios (estrechas saeteras y óculos en el ábside central) para lograr una difusa iluminación del interior de la cabecera.
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Por último, queda referirnos a la riquísima decoración de las tres portadas del templo, y sobre todo a la existente en la de los pies. Se inicia ésta con una gran arco de herradura inscrito en otro polilobulado y enmarcados ambos por un alfiz. Sobre ellos corren dos niveles de arquerías ciegas con arcos túmidos entrecruzados en el inferior y entrelazados polilobulados en el superior. A los lados y desde el suelo, dos esbeltos estribos, de función meramente decorativa, cierran todo este conjunto, que se ve continuado más arriba con más arcos entrecruzados y un rosetón superior. Esquemas semejantes, aunque más simplificados, hallamos en las dos portadas laterales y debe señalarse que el este gusto por la decoración mediante arcos ciegos está también presente en el interior del templo. En fin, he aquí un soberbio ejemplo de cómo un material tan humilde como el ladrillo ha servido, en numerosas ocasiones para crear edificios y repertorios decorativos ciertamente ejemplares. La belleza del mudéjar.

Sobre el mudéjar toledano podéis consultar esta breve información de Arteguías. Y aunque sobre Santiago del Arrabal no hay mucho disponible en la red, puede leerse esta especie de ficha informativa del portal de turismo de Castilla-La Mancha.

02 febrero 2008

LA IGLESIA DE SANTA MARINA DE SEVILLA

EL MODELO DE IGLESIA MUDÉJAR SEVILLANA

Cuenta la "Leyenda Dorada" de Jacobo de la Vorágine que en fecha indeterminada un hombre que había quedado viudo decidió profesar en un convento. Como tenía una hija, optó por llevarla con él, disfrazándola de varón. Pasado el tiempo, el supuesto niño, al que llamaban Marín, se convirtió también en monje, respetando el secreto de su padre. Tiempo después fue acusado de violación por una mujer, a resultas de lo cual acabó expulsado del convento. No por ello Marín se alejó del monasterio, sino que residió a sus puertas durante años, cuidando del niño de la mujer que lo acusó. Años más tarde, y a la vista de la paciencia y humildad que Marín mostraba, la comunidad decidió readmitirlo y allí residió hasta su muerte, momento en el que al ser amortajado su cadáver los monjes descubrieron que se trataba de una mujer y que, en consecuencia, la acusación de paternidad había sido infundada.

Esta piadosa historia explica la existencia en Sevilla de una iglesia dedicada a Santa Marina, cuya devoción estuvo muy difundida durante la Edad Media. Este templo corresponde a lo que, hace ya muchos años, un historiador del arte calificó como "primitivo tipo parroquial sevillano". Con tal denominación se refería al modelo de iglesia construido en Sevilla a partir de la conquista de la ciudad por las tropas castellanas en 1248. En estos edificios (Santa Marina, San Julián y Santa Lucía) varias características remiten al arte gótico (plantas de tres naves, ábsides con bóvedas de crucería, contrafuertes), mientras otras resultan de tradición islámica (capillas funerarias semejantes a las qubbas almohades, decoración de las torres, empleo abundante del ladrillo, cubiertas de armadura de madera, etc.).

En el caso de Santa Marina, no se conoce documentalmente la fecha de su fundación aunque es probable que ésta se llevase a cabo entre 1249 y 1258; por tanto, en un momento muy próximo a la conquista de Sevilla por Fernando III. Tal vez las obras concluyeron durante el reinado de Alfonso X (1252-1284). Desde entonces, el templo ha sufrido diversos avatares: fue afectado grandemente por el terremoto de 1356 y sufrió un incendio a comienzos de la Guerra Civil, lo que supuso la pérdida de su cubierta de madera. Toda la obra es de ladrillo, a excepción de las portadas y los elementos de las bóvedas, hechos en piedra arenisca, y la techumbre de madera, repuesta en época reciente.

Como corresponde al modelo sevillano, la iglesia presenta planta de tres naves, separadas por arcos apuntados sostenidos por pilares. El ábside, de forma octogonal, se divide en tres tramos, en los que aparecen bóvedas de crucería con nervio espinazo, mostrando al exterior contrafuertes y vanos con arcos apuntados geminados.
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El edificio dispone de tres portadas abocinadas. La principal se sitúa a los pies y muestra una arquivolta rematada en una cornisa en la que aparecen cabezas de leones. Bajo ellas hay arquillos ciegos túmidos, de clara influencia islámica, y cinco esculturas que representan a Dios padre y a las santas vírgenes principales: Santa Marina y Santa Margarita (abogadas de las parturientas) y Santa Catalina y Santa Bárbara, todas ellas símbolos de la castidad.
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Bóveda alboaire de la capilla de la Piedad. ( Abajo, detalle de la lacería). Segunda mitad del siglo XIII.
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Pero quizás lo más interesante de esta iglesia sean las cuatro capillas que aparecen adosadas a sus muros. Todas ellas responden al modelo de qubba almohade, con planta cuadrada y cubierta abovedada. Así, en la del Santo Sacramento hallamos una bóveda gallonada sobre trompas, accediéndose a ella a través de un espacio con bóveda de espejo, también de tradición almohade. Encontramos paralelos a esta capilla en la Granada nazarí y de ella puede decirse que quizás constituya el primer modelo de la serie de las capillas funerarias que se levantaron en época medieval en Sevilla.
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Esquemas similares a los de la anterior siguen las capillas de la Divina Pastora y Bautismal (aunque parece qu ésta fue completamente rehecha a comienzos del siglo XIX). Pero la joya de este templo la constituye la capilla de la Piedad, que nos muestra una bóveda alboaire (decorada con azulejos, ya muy perdidos) de 16 paños sobre un doble sistema de trompas, así como una hermosa lacería, aunque no podamos disfrutar de su polígono central estrellado, que fue horadado en el siglo XVII para abrir una linterna. Cubre el sistema de trompas un friso de mocárabes, rehecho en el siglo XIX a partir de un fragmento original. Esta cúpula debió hacerse en la segunda mitad del siglo XIII, reorganizándose como capilla funeraria durante el XV.

En resumen, las bóvedas de esta iglesia nos muestran un fenómeno sociológico bien interesante, el de cómo formas de tradición islámica se iban abriendo paso en los gustos artísticos de la Sevilla cristiana, de modo que las familias pudientes acabarían por preferir estas qubbas para sus enterramientos. Curiosa paradoja: el arte de los vencidos se imponía al de los vencedores. La fuerza del mudéjar.
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.Recomiendo una extensa visita a esta excelente página sobre el templo, con un extenso repertorio fotográfico. La información puede completarse con la que se recoge en la Wikipedia y en esta otra página.
 

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