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30 septiembre 2009

UNA CASA ENTRE LOS PINOS

DEJANDO A UN LADO EL CHALÉ CONVENCIONAL

Pocas veces se tiene ocasión de asistir casi en directo a la génesis de un edificio y, mucho menos, de que sea el propio arquitecto que lo ha diseñado quien te explique sus intenciones al levantarlo, los problemas que generó su construcción y las soluciones que se plantearon. Pero eso exactamente es lo que me ha sucedido respecto a la casa que el arquitecto sevillano Antonio Cabrera Ponce de León ha concebido en la gaditana playa de La Barrosa (Cádiz), un lugar dotado de innegables atractivos naturales, pero donde la buena arquitectura brilla frecuentemente por su ausencia. Como es bien sabido, en nuestro país existe una arraigada tendencia entre quienes disponen de recursos económicos para hacerse construir una segunda residencia en la que pasar la temporada de verano. En este caso, el edificio suele reproducir un inexistente pero tópico modelo que tal vez pretenda remontarnos a entornos rurales: la teja estará bien presente en la cubierta, abundara la cal o la pintura blanca (a veces, con revoques a la moda ibicenca) y la vivienda será la excusa perfecta para materializar todo tipo de detalles de mal gusto: escaleras de caracol innecesarias, compartimentación excesiva de los espacios, deficientes iluminaciones de los interiores, etc.

En nada de ello ha incurrido Antonio Cabrera, quien con este edificio ha llevado a cabo una doble tarea: de un lado un ejercicio de estilismo arquitectónico; de otro, proponer un antimodelo: una demostración de que también en una playa puede construirse de una manera diferente, respetando la naturaleza y, al mismo tiempo, resolviendo satisfactoriamente las necesidades de quienes van a habitar la vivienda.

La parcela en la que se llevó a cabo la edificación poseía diversos ejemplares de pinos de gran tamaño, magníficas muestras del amplio bosque de esa especie que aún subsiste en La Barrosa. El primer encargo de la propiedad fue, precisamente, respetar esos pinos. A tal efecto, el arquitecto ha concebido un estrecho parelelepípedo al que los árboles parecen abrazar por todas partes; una casa en dos alturas y con cubierta plana accesible, construida en ladrillo de color blanco y que muestra completamente cerradas al exterior sus dos caras menores, mientras en las de mayor tamaño la disposición de los huecos se organiza de tal manera que en las zonas comunes deja pasar por completo la luz exterior y las convierte, prácticamente, en transparentes.

De esta forma, en planta baja se disponen un área conjunta de salón-cocina y el dormitorio principal con un baño, mientras la planta superior se reserva a las habitaciones, organizadas en línea a través de un pasillo que recorre el eje longitudinal del edificio y precedidas por un luminoso estudio abierto al nivel inferior. En la cubierta de la vivienda el arquitecto ha situado una zona de estar, al aire libre, rematada en uno de sus extremos por una piscina de pequeñas dimensiones. Desde ella la vista abarca un inmenso horizonte en el que se confunde el verde de las copas de los pinos con el azul del océano.

Nada hay en esta casa que resulte innecesario. Ninguna concesión a esas modas de playa tan habituales. Ningún elemento discordante o superfluo. La pureza de las líneas del edificio se conjuga con el minimalismo de los elementos empleados para levantarlo. Nada decora, porque la decoración está ya en el propio trazado de la casa y en los mismos pinos que la rodean. Blanco y verde. Y, sin embargo, se respira allí una clara sensación de confort, de verdadera segunda residencia que invita al sosiego y al relax. A disfrutar sin prisas del conjunto. El arquitecto quería hacer, simplemente. una casa entre los pinos: intento conseguido. Con estilo.

13 junio 2009

CALATRAVA EN VALENCIA

A PROPÓSITO DE UNAS FOTOGRAFÍAS

Hace un par de meses recibí en mi correo electrónico una presentación en la que se mostraban diversas imágenes de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, ese amplio conjunto de edificios ideado por Santiago Calatrava (1951), y, en menor medida, por Félix Candela (1910-1997). En su estado actual, y a la espera de que pudieran añadirse nuevos elementos, se han levantado allí el edificio conocido como el Hemisférico (con un cine IMAX y un planetario), un Museo de las Ciencias, el Oceanográfico (un gigantesco acuario) y el Palacio de las Artes, además de otras construcciones como el Umbráculo (un paseo ajardinado), un puente atirantado y una plaza cubierta. La obra de Calatrava es suficientemente conocida por la originalidad de sus planteamientos, que no dejan indiferente a nadie: o atrapan a primera vista al espectador... o provocan en él un inmediato efecto de rechazo. En su momento analizaremos en ENSEÑ-ARTE la amplia producción de este arquitecto e ingeniero tan singular.

En esta ocasión quiero centrarme únicamente en las fotografías a las que acabo de referirme. Tras algunos despistes he logrado localizar en la Web a su autor y ponerme en contacto con él, para solicitarle permiso a efectos de reproducirlas aquí. Se llama JuanMa Álvarez, Kamuro, y es un fotógrafo aficionado (él mismo se define como reciente) que reside en Valencia aunque, casualidades de la vida, nació en Utrera (Sevilla). El interés de estas hermosísimas fotografías se basa en la combinación de los tres elementos que el fotógrafo nos presenta en ellas: las propias formas de los edificios, en su mayor parte captados tras el anochecer, y los sutiles reflejos que se proyectan sobre la superficie del agua.
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Disfrutad pues de las fotos de JuanMa Álvarez acompañadas de esa vieja balada que todos conocemos: "noches de blanco satén", de los Moddy Blues. Pero antes, una pequeña reflexión: ya sabemos que hoy cualquiera hace una fotografía. Las cámaras digitales han puesto este arte al alcance de cualquiera. Pero no todo el que hace fotografías es fotógrafo. Kamuro lo es, no me cabe duda. Y de los buenos.



Más información sobre la Ciudad de las Artes y las Ciencias en su Web oficial. Por otra parte, no dejéis de visitar el álbum de fotografías de JuanMa Álvarez en Flickr.

27 marzo 2009

LOS CAÑOS DE CARMONA

¿UNA RESTAURACIÓN ANÓNIMA?

Los Caños de Carmona: el emblemático acueducto de Sevilla. Probablemente de origen romano, fueron rehechos prácticamente por completo en época almohade. Desde luego las obras debieron ser de gran importancia, porque en el año 1172 acudió a inaugurarlas en persona el califa Abu Yacub Yusuf, quien tanto impulsó las obras públicas en Sevilla y, entre ellas, la construcción de la gran mezquita-aljama.

Tramo de los Caños de Carmona conocido como "Alcantarilla de Las Madejas".

Aquel acueducto no se iniciaba, como por su nombre pudiera creerse, en Carmona, sino en un lugar próximo a la localidad de Alcalá de Guadaira. Desde allí se dirigía hacia Sevilla, haciendo su entrada en la ciudad por la desaparecida puerta de Carmona (de ahí su nombre) y dejando atrás partes de trazado subterráneo, que se combinaban con canalizaciones casi a ras de suelo y con tramos de arquerías a los que, tomando la parte por el todo, suele darse el nombre de acueducto. En este caso se trata de un conjunto que debió tener casi dos km. de largo y unos 400 arcos.

Nos hallamos ante la típica obra almohade de ladrillo, que combina arcos muy rebajados de medio punto con otros de radio menor, entrecruzados. Dependiendo del desnivel, los arcos pueden disponerse en más de una hilada, creando diversas alturas en las que se alojaban dos canalizaciones; una de ellas con atanores cerámicos y la otra, de fábrica, con perfil en U. Todavía a fines del siglo XIX ese acueducto estaba en funcionamiento, transportando al día más de cinco mil metros cúbicos de agua con los que se abastecían, de un lado, el Alcázar y, de otro, el principal depósito de la ciudad. Fue por tanto ya a comienzos del siglo XX cuando un acuerdo municipal condujo a la demolición de los Caños de Carmona, quedando en pie únicamente algunos tramos de escasa longitud, pequeñas muestras de lo que fue, probablemente, el mejor ejemplo de la ingeniería hidráulica almohade.

Uno de esos tramos, el situado en la calle Luis Montoto, de unos 18 metros de longitud y algo más de 7 de altura, sobrevivía a duras penas en una vía de gran tráfico, sometido a la incuria del tiempo y de los humanos y en un avanzado estado de deterioro. Hace unos días se ha concluido un proceso de restauración que ha tendido a recuperar y limpiar lo que quedaba de la fábrica originaria. El proyecto de rehabilitación ha estado a cargo del estudio sevillano que dirige el arquitecto Antonio Cabrera Ponce de León, quien ha concebido una restauración integral y ha introducido un elemento que podemos considerar completamente novedoso entre las soluciones arquitectónicas aplicadas en el casco histórico de Sevilla y sus inmediaciones.

La afortunada intervención ha consistido en el reforzamiento de la estructura almohade mediante la agregación de un pórtico realizado en acero corten, uno de los materiales más empleados en la actualidad, no sólo en arquitectura, sino también en escultura. Pero el refuerzo que este pórtico otorga a los Caños no es, a mi juicio, fundamentalmente arquitectónico. Su mayor acierto consiste en que consigue una elevada visualización de la arquería almohade en un entorno paisajístico en el que hasta el momento pasaba prácticamente desapercibido. La estructura de acero se alza junto a uno de los extremos del acueducto, gira allí en ángulo recto y se introduce en el canal superior, que atraviesa prácticamente sin tocarlo. Cinco arcos después el acero corten resurge del ladrillo y avanza en el aire, evocando el fluido del agua, para caer al suelo y cerrar el conjunto. Resulta del todo evidente el homenaje que el arquitecto ha querido realizar a las estructuras de Richard Serra alzadas con el mismo material. Al mismo tiempo se ofrece un novedoso contraste: el del ladrillo almohade con el industrial acero corten.

Sabemos de sobra que Sevilla es una ciudad en la que las novedades de cualquier tipo no suelen gustar demasiado, máxime cuando se realizan en el casco histórico o en sus zonas aledañas, como es aquí el caso. Pero ya era hora de que alguien se atreviese a desafiar a ese tradicionalismo trasnochado de nuestra ciudad, ofreciendo una muestra de que los elementos contemporáneos pueden combinarse acertadamente con los históricos y que a veces, como ocurre en esta intervención de Antonio Cabrera, ambos salen ganando.

Leía el otro día las crónicas periodísticas de la visita del alcalde de Sevilla a este tramo de los Caños, con la que se daba por finalizado el amplio proceso de restauración. También repasaba la nota oficial de prensa del Ayuntamiento de la ciudad, en cuya primera línea ya se ofrecía el nombre y apellidos del político visitante. Seguía leyendo, pero no encontraba por lado alguno el nombre del arquitecto responsable de ese pórtico que a mi me parece la entrada a gran escala del minimalismo escultórico en la Sevilla del siglo XXI.
Me acordaba entonces de cuando el califa almohade inauguró el conjunto de los Caños de Carmona. De las crónicas conservadas no podemos deducir con absoluta certeza quién dirigió las obras, aunque los textos citan al ingeniero Al Hayy Yais como responsable de la excavación en la que se recuperó parte del trazado romano. 837 años después de su primera inauguración, un alcalde sevillano visita los restos restaurados del monumento que ahora, además de su dimensión histórica y arquitectónica alcanzan también la categoría de escultura urbana monumental. Pero al poder no parece interesarle que se difunda el nombre de quienes aportan ideas para la renovación del paisaje urbano: sólo es necesario que se sepa que un alcalde estuvo allí un ratito y se hizo una foto. Superando con creces al de su antecesor el califa almohade, este poder municipal parece fagocitarlo todo. En el fondo, apenas le importa el Arte. La foto es lo que vale.

Leed sobre los Caños de Carmona la amplia información ofrecida en esta Web. En la Biblioteca Virtual Cervantes podéis descargaros el informe de 1911, realizado cuando se planteó la demolición del acueducto.

15 febrero 2009

URBAN GLASS HOUSE

PHILIP JOHNSON Y LOS EDIFICIOS DE CRISTAL

Que puede construirse una vivienda en la que el cristal sea el elemento hegemónico hasta el punto de hacer casi invisible la edificación, ya lo demostró de manera magistral Mies van der Rohe (1886-1969) cuando diseñó la casa Farnsworth, construida en 1950 si bien, a efectos de lo que luego vamos a narrar, ha de tenerse presente que el proyecto corresponde a 1946. Esa vivienda es todo un homenaje a las concepciones del movimiento moderno en arquitectura y, al mismo tiempo, una seria llamada de atención sobre las posibilidades de minimalismo edificatorio.

Philip Johnson: "Glass house" (1949). New Canaan, Connecticut, EE.UU.

Como sabemos, el gran arquitecto alemán pasó tres décadas en Estados Unidos, país en el que ejerció una enorme influencia sobre generaciones de colegas norteamericanos. Uno de esos arquitectos que acabaron atrapados por la asombrosa capacidad para crear edificios de Mies fue Philip Johnson (1906-2005), veinte años más joven que él y con quien trabó una profunda relación que, a mi juicio, fue siempre la que corresponde a un maestro y su alumno. En cualquier caso, ambos realizaron algunos proyectos de manera conjunta, como el famoso Seagram Building de Nueva York. Johnson sintió siempre una profunda admiración hacia la obra de Mies y ello explica que el entonces joven arquitecto, siguiendo a su maestro levantase para sí mismo una vivienda de carácter semejante, la conocida "Urban glass", finalizada en 1949, una excelente propuesta arquitectónica que, no obstante sus méritos, no deja de ser deudora de la obra maestra que Mies levantó en Plano (Illinois).

Muchos años después de finalizar aquella vivienda, el arquitecto de las Torres Kio de Madrid, proyectó un nuevo edificio en el que retomaba el empleo del cristal como elemento fundamental, desde el punto de vista de la visibilidad obviamente. Me refiero a la "Urban Glass House", situada cerca del río Hudson, en el downtown de Nueva York. En este caso, no se trata de una vivienda unifamiliar, sino de un edificio de doce plantas estructurado con la forma de distintos cubos de cristal que componen una geometría variable, organizada en los cuarenta apartamentos en que se divide la edificación.

Superior: maquetas de la "Urban glass house". Inferior: dos vistas del exterior del edificio.

La muerte de Johnson a los 98 años le impidió ver concluido su proyecto, cuya finalización se retrasó hasta el año 2007 como consecuencia de ciertas complicaciones técnicas. Sorprende sobre todo que en la ciudad de los rascacielos estas lujosas viviendas disfruten de tan amplia visibilidad. La razón es bien sencilla: esta zona de Nueva York se encuentra aún prácticamente libre de construcciones elevadas, de manera que el cuidadoso diseño del edificio por parte de Johnson ha atendido a orientar su "casa urbana de cristal" de forma que se pudiese proporcionar a su ocupantes las vistas más amplias posibles.

En el conjunto de la edificación, el transparente vidrio contrasta de manera elegante con el color claro de la perfilería exterior, que viene a enmarcar con nitidez los ventanales. El muro cortina aplicado a un conjunto residencial, aunque a mi me recuerda esas piezas translúcidas con las que los niños iluminan las construcciones que levantan con sus ladrillos Lego. Y me asombra también que el arquitecto que diseñó este conjunto tuviese más de 95 años. Un niño. Quizás en eso está el éxito.

Urban Glass House dispone de su web propia, en la que se ofrecen planos y fotos de los distintos apartamentos. Más información en esta página en inglés. Sobre la obra de Philip Johnson, aqui hay una amplísima colección fotográfica.

27 octubre 2008

SOU FUJIMOTO: LA CASA CONCEPTUAL

CONSTRUIR ILUSIONES CON MADERA

¿Hemos soñado de niños con una casa que sólo nos perteneciese a nosotros y en la que pudiésemos dar rienda suelta a nuestras fantasías? ¿Una casa acogedora, aislada y, a ser posible, en medio de un paisaje boscoso en el que la imaginación fluya con más facilidad? Pues esa casa, o una idea aproximada de ella, la ha construído el arquitecto japonés Sou Fujimoto en uno de los bosques cercanos a la ciudad de Kamamura, próxima a Tokio y acaba de quedar finalista en el premio convocado por una revista inglesa para decidir el mejor edificio del año, si es que tal hecho es posible.

La casa de Fujimoto, denominada Final Wooden House o Next Generation House (que lo mismo da) no es más que un cubo de cuatro metros de lado, completamente levantado en madera de cedro local, a base de grandes vigas de distinto tamaño, pero todas de sección cuadrada, que se entrecruzan y se sostienen entre sí, formando multitud de planos.

Al exterior, la casa presenta rasgos propios de una construcción minimalista. Ningún elemento se atreve a competir con la madera de la vivienda, excepción hecha del cristal que facilita el paso de la luz al interior. Ausencia absoluta de cualquier elemento decorativo, predominio absoluto de la línea recta. Esto, sin olvidar el referente organicista que supone incrustar un cubo habitable de madera en la misma linde de un bosque. Todo ello conecta a la casa de Fujimoto con una corriente bien tradicional en japón, la edificación de arquitecturas de madera, que se ha mantenido hasta la actualidad.




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En el interior, esta vivienda-cubo o quizás casa del bosque, vuelve a sorprendernos. No existe un único plano; el concepto de "planta" desaparece porque el cruce de las vigas es múltiple y genera pequeños espacios a diversos niveles, que trepan por los cuatro metros en vertical que mide esta cabaña tan especial y de la que el usuario puede disponer a su antojo. La calidez de la madera y la sinfonía de luces conforman el mobiliario básico del espacio.
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Por tanto, este arquitecto japonés ha sintetizado en solo dieciséis metros cuadrados una múltiple lección de arquitectura, un ejercicio de conceptualismo que, más que mostrarnos una vivienda, una casa en todo su desarrollo, nos presenta los elementos básicos que deben integrarla: la luz, las paredes, los espacios, para que sea el habitante el que los organice a su albedrío. Me recuerda bastante aquellas construcciones de madera con la que los niños jugaban sin prisas, y siguen haciéndolo a veces, antes de que la televisión y las consolas lo invadieran todo. Un Lego, pero con madera de cedro.
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El estudio de Sou Fujimoto tiene una página web, en gran parte en japonés, pero en la que podremos visualizar otros proyectos interesantes. Hay buenas fotos de la casa en la página del fotógrafo holandés Iwan Baan. Más información en esta página y en este blog, muy interesante por la abundante información que facilita sobre el apasionante mundo de las construcciones en madera.

11 octubre 2008

EL HÁBITAT ORGÁNICO

LOS VALORES DE LA BIOARQUITECTURA

Un profundo respeto al medio natural. A los valores humanos primigenios. Probablemente sean estas dos cuestiones las que definen con más rotundidad la obra de Javier Senosiain, un arquitecto y profesor universitario nacido en México (1948) que define su propia producción como "hábitat orgánico" y la enmarca dentro de los principios de lo que denomina "bioarquitectura". Para plasmar ambos conceptos, emplea con frecuencia en sus construcciones el ferrocemento, una estructura formada por una malla interior de acero a la que se recubre después con cemento, lo que permite dar a la construcción un tratamiento casi escultórico. Todo ello, sin despreciar en absoluto las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías constructivas en cuanto a la obtención de confort en el espacio habitable.

Javier Senosiain: Izquierda: "Nautilus". (2007). Naucalpan, México. Derecha: "Nido de Quetzalcoatl" (2008). México,

En este sentido, la obra de Senosiain puede enmarcarse dentro de los principios generales de la arquitectura orgánica, relacionándola con los planteamientos de Frank Lloyd Wright. Pero, por otra parte, el tratamiento que da a la epidermis de muchas de sus edificios, la búsqueda constante de la sorpresa y la apelación a la imaginación, el amplio repertorio de formas y el empleo habitual de las línea curva conectan también las obras de este artista mexicano con las que realizase en España Antonio Gaudí a comienzos del siglo XX.
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Javier Senosiain: "Par prismático" (1982). Xoco, México.

Sin embargo, hay otra parte de la producción arquitectónica de Senosiain que lo conecta con planteamientos más relacionados con el racionalistmo, demostrando un cierto eclecticismo en el conjunto de su obra que la hace muy interesante. En este otro tipo de edificios el arquitecto emplea con abundancia las formas geométricas que marcan de manera contundente los volúmenes construidos. Y es esta dualidad de planteamientos formales la que hace especialmente atractiva la obras de este artista mexicano que quizás alguna vez deseó ser escultor, pero que (en todo caso) siempre tuvo la idea de que la arquitectura, y sobre todo la que tiene que ver con la construcción de viviendas, ha de conecctar con necesidades e instintos básicos del ser humano, con aquellos que ya estaban en nosotros cuando aún sólo existíamos en el útero materno.

He leído en algúna web esta frase de Senosiain: "El ser humano no debe desprenderse de sus impulsos primigenios, de su ser biológico. Debe recordar que él mismo proviene de un principio natural y que la búsqueda de su morada no puede desligarse de sus raíces; es decir, debe evitar que su hábitat sea antinatural". No le falta razón.
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Dormitorio en la casa Nautilus.
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Visitad la amena y bien ilustrada página de Javier Senosiain. Leed después este texto sobre el hábitat orgánico. Ved también, en este periódico digital mexicano, un vídeo sobre la obra del arquitecto de aquel país. Por último, descargaros este artículo en PDF (con buenas fotografías) sobre "el hombre que vive dentro de un tiburón".

19 agosto 2008

LA TORRE DEL AGUA

UNA VISITA (DECEPCIONADA) A LA EXPO DE ZARAGOZA

Acudí hace unos días a visitar la Expo de Zaragoza. No era mucho lo que esperaba encontrar allí, pero aún siendo pocas las expectativas, fue peor la realidad: una Expo de bolsillo en la que los contenidos brillan por su ausencia; donde muchos de los pabellones no eran sino meros tenderetes sin ningún contenido interesante. En algunos de ellos, la muestra se reducía a un simple audiovisual. Salí completamente abochornado del que se presentaba en el pabellón de Andalucía, por cierto muy aplaudido por los espectadores con los que coincidí (¿?). Debería caérseles la cara de vergüenza a nuestros gobernantes regionales permitiendo que allí se muestre, otra vez, la Andalucía de charanga y pandereta, la de las fiestas, las playas y el sol... con unos chorritos de agua. Hablan luego de la segunda modernización regional.

No obstante, debo felicitar a los aragoneses, porque con la excusa de la Expo han conseguido atraer grandes inversiones hacia la ciudad y eso es siempre positivo. Pero a mi me interesaba más la arquitectura de la Expo que cualquier otra cosa. ¿Y qué edificios de interés muestra el recinto? Me guardo mi opinión sobre los pabellones de España y de Aragón y no alcanzo a comprender porqué resulta tan valorado el "pabellón-puente" de la iraní Zaha Hadid. Compararlo, como se ha hecho, con el Ponte Vecchio de Florencia, me parece un insulto a los que amamos el Arte.

Pero hay en esa Expo un edificio que sí me parece realmente singular, tanto por la propuesta arquitectónica en sí misma como por los contenidos que alberga. Se trata de la "Torre del Agua", diseñada por el arquitecto vallisoletano Enrique de Teresa (discípulo de Rafael Moneo) y que recibe su nombre tanto por la altura que presenta (unos 76 metros, que contrastan grandemente con los paisajes horizontales que predominan en el recinto), como por su forma, semejante en planta a una gota de agua que se hubiese levantado sobre un poderoso zócalo de obra. Al exterior el edificio muestra una estructura casi diáfana en la que unas vigas diagonales de acero enmarcan una superficie acristalada, defendida del sol por un sistema de parasoles en celosía que quizás facilitan también la limpieza externa del cristal.

Si pasamos al interior, el arquitecto ha diseñado un espacio en el que predomina el vacío en gran parte de la estructura, aminorado únicamente por una suave rampa helicoidal que permite el acceso a la planta superior, en la que se halla un mirador de amplias vistas. Mientras el visitante asciende hasta allí, en un extenso recorrido de más de dos kilómetros caminados sin esfuerzo, su único compañero es una gigantesca escultura de 21 metros de alto y más de 12 toneladas de peso, suspendida de los forjados de la planta superior y diseñada al completo con un programa informático por un equipo coordinado por el catalán Pere Gifre.

La escultura semeja el golpe de una gota de agua sobre la superficie terrestre; de ahí su nombre: splash. La descomunal gota parece impactar contra un inexistente suelo y acaba fragmentándose en 135 piezas, ocupando ese vacío que propone el arquitecto. Sus formas retorcidas de color plata brillan con intensidad y parecen adquirir vida propia.

En fin, los demás contenidos de la Torre del Agua son para olvidarlos por obvios, pero sin embargo encontré aquí una interesante simbiosis entre un contenedor arquitectónico y un contenido escultórico. Una propuesta de puro arte conceptual con la que sus autores parecen decirle al espectador y caminante: mientras subes o bajas sólo hay a tu lado una simple gota de agua, reflexiona al respecto. Y eso hice. Tuve tiempo.

En esta revista virtual podéis leer en PDF una interesante entrevista con el arquitecto de la Torre del Agua. Más informaciones en esta página de Expo Zaragoza 2008. Y, finalmente, aquí tenéis el blog de Pere Gifre, con mucha información sobre ese gigantesco splash. Puede completarse con este PDF de Ikonicsarts en el que hay algunas fotografías espectaculares.

15 octubre 2007

LA ESTACIÓN DE AUTOBUSES DE CASAR DE CÁCERES

SOBRE LA CREATIVIDAD EN LA ARQUITECTURA
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Regresaba ayer de un corto viaje por aldeas perdidas del norte de Portugal y decidí apartarme de mi ruta brevemente para visitar un asombroso edificio del que había leído algunas cosas y visto unas cuantas fotos: la estación de autobuses de Casar de Cáceres, concluida en 2004 por el arquitecto extremeño Justo García Rubio.

Bien mereció la pena el desvío. Ya casi en una de las salidas del pueblo tenía ante mi una asombrosa construcción; un edificio concebido como una doble parábola que se pliega sobre sí misma y genera dos espacios nítidamente diferenciados. De un lado un andén cubierto para el autobús y los viajeros que lo esperan; de otro, un espacio que aloja una breve sala de espera y una cafetería.
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Todo ello se concibe empleando un material, el hormigón armado y generando una superficie continua que produce dos bucles, de manera que el conjunto se pliega sobre si mismo, sin perder la continuidad de una misma líneas curva.
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Así pues, unión y separación al mismo tiempo, para crear una pequeña obra de arte que me ha resultado de los más creativo, original y lúcido que he visto en los últimos años en la arquitectura contemporánea. Todo arranca de la parte derecha del edificio, según lo mira de frente el espectador. Ahí se levanta la parábola grande para abrirse hacia la izquierda y descender suavemente. Entonces la curva de hormigón gira y cambia de dirección y altura, vuela hacia la derecha para generar la sala de espera y la cafetería y, de nuevo, girar en sentido inverso. Un movimiento casi escultórico. Por lo demás, ese espacio interior se cierra en vertical con grandes cristaleras que lo hacen prácticamente diáfano y, para colmo de bienes, se completa con un mobiliario que (al menos visto desde fuera) parece no recargar el exiguo espacio.
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De esta forma, en un pequeño pueblo extremeño, que alcanza sólo los 5000 habitantes, un arquitecto de obra escasamente conocida y alejado del relumbrón mediático que ahora rodea a algunos de sus colegas más famosos ha sido capaz de dar una hermosa y humilde lección sobre un tema básico: el de que la arquitectura puede convertirse a veces en un ejemplo de creatividad y transformarse en Arte, con mayúsculas. Mereció la pena el desvío, ciertamente.


Aquí tenéis más fotos de la estación y ésta es la minimalista página web de su autor. Está prácticamente vacía, pero la dejo aquí como homenaje personal a quién logró conmoverme con una obra hermosa en medio de la Extremadura. Algo tendrá esa estación que su imagen aparece ya reproducida hasta en un sello de Correos.

04 abril 2007

LA ESCUELA DE ADMINISTRACIÓN DE EMPRESAS DE BURDEOS

LOS PREMIOS MIES VAN DER ROHE 2007 (Y VII)

Terminamos nuestro repaso a las obras finalistas de los premios Mies van der Rohe 2007 con la Escuela de Administración de Empresas de Burdeos (Francia), obra del estudio de arquitectura de Anne Lacaton y Jean Philippe Vassal, dos autores titulados en esa misma ciudad. En su trayectoria siempre ha estado presente el principio de que "la arquitectura debe producir los espacios más grandes posibles, trabajar con el máximo de espacio, antes que con el mínimo". En definitiva, obtener lo que se ha denominado "plusvalía del espacio". Una frase así los muestra como muy críticos con la arquitectura más comercial, que pretende vender un determinado producto atenta más a la forma del edificio que a la función.

Y esa filosofía es la que subyace en esta obra: la economía de medios, que permite obtener también la abundancia de espacios. Por tanto, esta Escuela de Burdeos presenta la planta de un rectángulo, con una superficie útil de unos 11.000 m2. Todas las aulas se abren al exterior por medio de grandes cristaleras y en el interior un amplio patio proporciona también iluminación natural al conjunto, que dispone de cuatro pequeños anfiteatros, infoteca, comedor universitario y un centro multimedia.

En resumen, un edificio en el que la sabia combinación de hormigón y cristal y el uso adecuado del espacio demuestra a las claras que la arquitectura no consiste ni debe consistir, exclusivamente, en impactar visualmente al espectador, sino en resolver las necesidades de espacio y habitabilidad de los humanos.

 

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