Izquierda (superior e inferior): esquemas de una mastaba. Derecha: Estela falsa-puerta.
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La Historia del Arte para todos
No, no nos estamos refiriendo a ese personaje un tanto deleznable que aparece haciendo de momia en una famosa película de aventuras. Hablamos del verdadero Imhotep, a quien le cabe la suerte de ser el primer artista conocido. Antes de él, desde la época de las pinturas paleolíticas, han llegado hasta nosotros numerosas obras de arte, pero el tiempo ha borrado la memoria de quienes las crearon. En el caso de este Imhotep probablemente hubiese sido así también si nuestro personaje, además de dedicarse a tareas artísticas de carácter arquitectónico, no hubiese desempeñado además otras importantes actividades.
Más de dos mil años después del paso de Imhotep por este mundo, Manetón (un famoso sacerdote e historiador egipcio que escribió a comienzos del siglo III a.C.) hacía referencia a nuestro arquitecto y señalaba de él que Imhotep "a causa de su conocimiento de la ciencia médica está considerado por los egipcios como Esculapio; él inventó el procedimiento de la piedra tallada para la construcción de monumentos y se dedicó también a las letras". Así que no debió ser poca cosa este hombre para que dos milenios después de su vida, ya en la época saíta, se le considerase en su país como dios de la medicina y se le representase en numerosas esculturas, sentado y con los rasgos característicos de los escribas, de quienes se le consideraba protector.
En realidad, son pocas las informaciones que tenemos de Imhotep. Ni siquiera conocemos su tumba. Pero como fue coétaneo del faraón Zoser (Djeser), de la III Dinastía, podemos calcular que vivió durante el siglo XXVII a.C. Lo que sí nos han conservado los textos son algunos de los importantes cargos que ocupó al servicio del citado faraón: arquitecto de todas las obras del rey, juez supremo, portador del sello real, inspector de la secretaría del rey, sumo sacerdote de la ciudad de Heliópolis, médico real. Y luego hablamos del puriempleo en las sociedades desarrolladas.
Pero a nosotros nos interesa aquí, especialmente, la obra de Imhotep como arquitecto y, en este sentido, su contribución a la historia del Arte es enormemente relevante, porque fue él quien planificó y dirigió la construción del complejo funerario de Sakkara, que albergó la tumba de Zoser, la famosa pirámide escalonada, y que supone la consolidación en el país del Nilo de la arquitectura monumental en piedra. En efecto, hasta entonces la construcción egipcia habían empleado de manera conjunta el ladrillo de adobe y la piedra, pero con Imhotep éste material, la piedra caliza, se vuelve ahora exclusivo, buscando la duración eterna del edificio.
En realidad, Imhotep no levantó solamente en Sakkara una tumba para su faraón. Fue mucho más allá, diseñando un amplio conjunto funerario completamente amurallado de 544 metros de largo por 277 de ancho, al que se accedía por una única y estrecha entrada flanqueda por torres. Dentro de tan amplio recinto se situaban, además de la famosa pirámide, un templo funerario, varios patios, otras tumbas menores, una residencia que ocuparía el faraón durante las ceremonias allí celebradas, diversas capillas y otros edificios secundarios.
Obviamente, en este amplio proyecto la construcción más destacada es la pirámide escalonada, concebida como una superposición de seis mastabas, cada una de ellas de dimensiones más reducidas que la anterior y que se elevaba originariamente a 60 metros de altura. La arqueología ha podido dilucidar el proceso constructivo de la pirámide, en cuyo transcurso se produjeron diversas modificaciones de trazado, como si el arquitecto fuese aprendiendo de su propia experiencia e introduciendo sobre la marcha alteraciones respecto al proyecto original. Incluso se realizó un pozo subterráneo de 28 metros de profundidad, donde quedó situado el sarcófago que acabaría guardando la momia de Zoser.Inferior. Proceso constructivo de la pirámide escalonada y detalle de sus sillares de caliza.

Podemos concluir que Imhotep sirvió cumplidamente a su señor, a cuyas órdenes había realizado todo tipo de actividades. Y lo que aún era más importante para los egipcios, levantó para el faraón el más amplio complejo funerario que jamás se construyó en el país. Su rey buscaba la eternidad y el arquitecto trató de facilitársela recurriendo a la piedra. No sé si serán eternas estas construcciones, pero han subsistido medianamente bien al paso de más de 4600 años. Dicen que la eternidad dura mucho más y tal vez la piedra no aguante tanto tiempo. Pero, probablemente, un nombre propio sí resistira: Imhotep, el primer arquitecto.
Casi siempre, cuando pensamos en la arquitectura del Antiguo Egipto, se nos vienen a la cabeza las grandes pirámides. La razón es bien evidente. No hay en todo el mundo antiguo tumbas de tamaño tan colosal, con una forma geométrica tan bien definida y con una antigüedad tal que nos hace preguntarnos cómo se pudieron levantar semejantes construcciones con unos métodos de trabajo que imaginamos primitivos y rudimentarios. Sin embargo, ahí están, desafiando al tiempo. Aclaremos de entrada una cosa: la pirámide fue un tipo de construcción funeraria empleada en Egipto durante un largo periodo de unos mil años (mediados del tercer milenio a mediados del segundo a.C.), que se extendió a lo largo de los Imperios Antiguo y Medio, aproximadamente, entre la III y la XIII dinastías. Imhotep: Pirámide escalonada del faraón Zoser. (2668-2649 a.C. Tercera Dinastía). Sakkara. Egipto.
Sigamos rectificando posibles errores. Mucha gente creerá que en Egipto se levantaron exclusivamente las famosas pirámides de Giza y, quizás, alguna más. No fue así. Hoy van localizadas más de ochenta pirámides de todos los tamaños y formas y no hay que descartar que el futuro descarte alguna sorpresa más. Eso, sin contar los casi dos centenares de pirámides levantadas por los denominados faraones negros en Nubia. Más cosas a aclarar: puede pensarse que se trataba de un tipo de tumba reservado a los faraones. No es así. Se levantaron también pirámides para las reinas. Además, estas construcciones suelen congregar a su alrededor otras tumbas (por ejemplo, mastabas) asignadas a otros miembros de la realeza o a personajes importantes de la corte.
Pero, ¿qué venían a simbolizar estas gigantescas tumbas? Antes que nada, el poder del mismo monarca y su concepción como uno de los dioses principales del país, capaz de competir con el mismo Sol. Ese poder del faraón deviene de su inmensa capacidad organizadora de la vida de Egipto. Así que una parte de la fuerza de trabajo disponible en el país puede derivarse, durante los largos periodos en que sea necesario, a la construcción de este tipo de tumbas. Por otra parte, hay que tener presente que estos monumentos se realizaron siempre empleando la piedra como material constructivo y que formaban parte de un complejo mortuorio más amplio que incluía un templo funerario y otras dependencias. Además, toda pirámide incluye en su interior una cámara mortuoria, a la que se accederá a través de un pasillo y, frecuentemente, otras estancias de uso diverso.
La forma de las pirámides evolucionó a lo largo del tiempo: arranca en la III dinastía, durante el reinado del faraón Zoser. Se levanta entonces la pirámide escalonada de Sakkara, cuyo arquitecto principal fue el famoso Imhotep, que ocupó otros cargos en la corte. A comienzos de la IV dinastía el faraón Snefru tuvo tiempo de hacerse construir tres pirámides: en primer lugar la de extraña forma de Meidum con sus dos cuerpos superpuestos claramente diferenciados. Luego las dos pirámides de Dahsur, una de forma acodada y la otra ya perfecta. A partir de entonces llegamos al culmen en la costrucción de este tipo de
tumbas monumentales, representado por el conjunto de Gizeh, erigido durante el gobierno de los faraones de la IV Dinastía Keops, Kefrén y Micerinos. La llamada Gran Pirámide de Keops, con sus 137 metros de altura y otros 230 de lado es por excelencia el símbolo imperecedero del antiguo Egipto y una de las famosas siete maravillas de la antigüedad, con su asombrosa orientación de sus esquinas hacia los cuatro puntos cardinales.
fue sustituida por el hipogeo, que quedaba oculto en el subsuelo. Pero no se trató exclusivamente de un cambio de moda o de un intento de mantener la tumba real a salvo de los ladrones. Aún manteniendo su enorme poder, los faraones ya no podían competir con el dios sol y, en consecuencia, no era necesario levantar tumbas gigantescas que lo evidenciaran. Los templos tomarán ahora su relevo. Los propios dioses habían ganado a los faraones la carrera por el recuerdo eterno.
Probablemente, de niños, todos hemos tenido alguna vez la ilusion de que seríamos arqueólogos y un día encontraríamos un tesoro fabuloso. Pues eso fue lo que le sucedió a Howard Carter cuando en 1922 localizó la tumba del faraón Tutankamon. Tuvo la inmensa fortuna de dar con la única sepultura prácticamente intacta de uno de los antiguos reyes de Egipto, que asombró al mundo con el ajuar que contenía.
Sin embargo (o quizás por eso mismo) a su muerte Tutankamon fue enterrado como correspondía a un faraón, en una tumba en el Valle de los Reyes en la que se depositaron junto a su momia, todos los objetos que el fallecido rey necesitaría en la vida eterna. Y eso fue lo que Howard Carter encontró en 1922: una sepultura real en la que los saqueadores de tumbas, ya existentes en la misma época faraónica, sólo habían iniciado un trabajo que, por las razones que fueran, no pudieron terminar, afortunadamente.
En si misma, y comparada con otras del Valle de los Reyes, la tumba de Tutankamon es bastante insignificante: consta de una escalera descendente que conduce a un pasillo en rampa al final del cual se disponen cuatro estancias: la antecámara, la propia cámara funeraria, la cámara del tesoro y un anexo. En total, unos 110 metros cuadrados (algo así como la suferficie de un piso medio de la actualidad) y que sólo presenta decoración pictórica en una de las salas, en la que estaba depositado el cadáver del faraón. Casi nada, en realidad, comparado con las grandes dimensiones de otras tumbas reales cercanas. Nada, si pensamos en las colosales pirámides, tumbas al fin y al cabo. Pero sin embargo ésta de Tutankamon ha sido la única tumba real egipcia cuyo ajuar nos ha llegado prácticamente completo, ofreciéndonos un amplísimo muestrario de
lo que eran el arte y la artesanía del Egipto antiguo. Desde esculturas hasta carros, desde muebles hasta vasijas; joyas, objetos de uso cotidiano, esculturas, tejidos, armas, capillas funerarias, etc, sin que nos olvidemos de los sarcófagos empleados para el enterramiento del faraón y, claro está, de su propia momia. Todo además con el fulgor del oro abundante. Más de 110 kilos de este metal pesaba el último de los cuatro sarcófagos, adornado también con abundantes piedras semipreciosas. Y hay en la tumba otros muchos objetos de oro. En fin, el sueño de la infancia hecho realidad. Una sola vez.
Es de sobra sabido que de las siete maravillas del mundo antiguo sólo ha llegado hasta nuestros días una de ellas, el conjunto formado por las tres pirámides de Gizeh situadas en el Bajo Egipto, muy cerca de la actual ciudad de El Cairo. En ellas se dio sepultura a tres faraones de la IV dinastía: Keops, Kefrén y Micerinos, quienes gobernaron el país hacia mediados del tercer milenio a.C. En el conjunto arqueológico se localizan otras pirámides menores, diversos templos funerarios, la colosal Esfinge y otras dependencias quizás menos llamativas, pero igualmente interesantes.
Las dimensiones de la tumba son verdaderamente asombrosas: su altura alcanza los 137 metros (146 originalmente), de manera que una torre como la Giralda cabría de pie en su interior y aún habría hasta la cúspide más de 35 metros. La longitud de cada uno de sus lados es de 230 metros, de forma que resulta más larga que dos campos de fútbol seguidos. Sus cuatro caras presentan una inclinación homogénea de 51º y en general el conjunto evidencia un excelente manejo de la geometría, que permitió diseñar y levantar (con los medios entonces disponibles) una pirámide prácticamente perfecta. Sobre el proceso constructivo se han formulado numerosas teorías, muchas de ellas completamente absurdas. Parece obvio el empleo de una abundantísima mano de obra y se cree que la obra tardó en terminarse unos veinte años.
Cuando alguien muere... su vida continúa... de otra manera. Esta sencilla idea, en la que los egipcios creían a pies juntillas, explica la importancia que en esta antigua civilización se le daba a la tumba, que no era, en principio, más que la morada que el fallecido emplearía en su segunda vida. Y tanto en ésta como en la otra, los dioses ocupaban un lugar de primera importancia. Estos dos hechos explican por qué, en la arquitectura egipcia, los templos (para el culto a los dioses) y las tumbas (para el difunto) son las construcciones más destacadas.
Nos encontramos así con una arquitectura monumental, realizada para perdurar en el tiempo, hecha en piedra y adintelada: en ella la línea curva no existe, salvo en las secciones de las columnas.
¿Queréis daros una vueltecita por el Valle de los Reyes, donde se encuentran enterrados muchos de los faraones del Imperio Nuevo, practicando (de camino) algo de inglés? No dejéis entonces de visitar esta excepcional página, que recoge un atlas completo de ese formidable lugar. O puede que os intereser más obtener una visión general de los monumentos egipcios, con fotos muy bien realizadas. En ese caso, esta página (también en inglés) es la adecuada.
Speos de Abu-Simbel (hacia 1290-1225 a.C.).
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