16 marzo 2009

LOS SÍNDICOS DE LOS PAÑEROS

... Y UN EJEMPLO DE TOLERANCIA

Veinte años habían pasado desde que Rembrandt pintara esa obra maestra que es la "ronda de noche"; ese magnífico retrato de grupo con el que el genio del artista quedó evidenciado, aun a costa de que su obra acabase por no convencer del todo a los retratados. ¡Veinte años! Estamos ahora en 1662 y Rembrandt, que tiene ya 56 años, se encuentra no sólo en los últimos años de su vida, sino probablemente en los más tristes: la soledad, los problemas económicos y la muerte de algunos de sus seres más queridos presiden este último periodo. Pero el pintor continúa con sus facultades intactas. Aunque en estos años pintará menos cuadros, las obras que realiza dejan bien claro lo elevado de sus capacidades.
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Rembrandt: "Los síndicos del gremio de los pañeros" (1662). Amsterdam.

Ahora, en 1662, los miembros de una corporación municipal de Amsterdam se dirigen a Rembrandt para encargarle un retrato de grupo. Se trata de los síndicos del gremio de los pañeros, cuya función era la de actuar como jueces garantes de la calidad de los tejidos elaborados por los miembros de la asociación. Quieren que el cuadro, cuando el maestro acabe su trabajo, cuelgue en la sede gremial, que Rembrandt debe conocer.

Cada vez que me pongo delante de este cuadro en el Risjkmuseum y me detengo a contemplar esos rostros que en su mayoría parecen haberse dado cuenta de mi presencia allí, no puedo menos que admirarme de cómo esos seis hombres, cuyas indumentarias son por completo uniformes, representan el ambiente de tolerancia existente en la Amsterdam de la época: al menos dos de ellos son católicos, otro es mennonita y uno más está vinculado por familia a las iglesias reformadas. ¡Qué diferencia con lo que ocurría en otras muchas partes de Europa, en las que se perseguía a las minorías religiosas! Conocemos los nombres de estos seis individuos que anuncian una idea del mundo contemporáneo: el respeto a las ideas ajenas, a la diversidad en definitiva.

Seis hombres retratados en grupo, sin saber que acaban de pasar a la inmortalidad, sorprendidos por nosotros en esa sala en la que, pese a tratarse de un interior, todos llevan amplios sombreros, conforme a la moda de la época, excepto el personaje que aparece en el centro en un plano más retrasado. No es exactamente un criado, sino un empleado del gremio, actividad que compagina con su dedicación a los tintes de los tejidos. Me llama la atención la perspectiva que ha elegido Rembrandt para mostrarnos al grupo. Un plano de abajo hacia arriba en el que la mesa, cubierta por ese rico tapete rojo tan llamativo, ocupa todo el frente derecho. El pintor debía saber que este cuadro iba a colocarse en una posición bastante elevada; de ahí su opción por un plano tan bajo y la colocación del foco de luz de la obra en la posición superior, arriba a la izquierda, para jugar con suaves claroscuros conseguidos con una pincelada completamente libre.

Me recreo viendo esos rostros a los que siempre encuentro cierto parecido con alguien que conozco. Trato de imaginar sus pensamientos, según se desprende de sus propias imágenes; tan serios, tan graves, tan conscientes de su responsabilidad ante el gremio y ante el arte. ¿Qué estarán haciendo? No parecen mirar telas, como hubiese sido lo esperable, porque en la mesa hay un libro de gran tamaño que quizás concentra su atención. ¿Llevarán en él la contabilidad? ¿Recogerán en sus páginas las actas de las reuniones? Yo jamás sabré de qué trata ese libro, porque el plano por el que ha optado Rembrandt, otra vez el plano bajo, me impide acercarme a su contenido. Así que vuelvo a sus gestos, a sus posturas. A esas indumentarias en la que todo es negro con la excepción de los cuellos blancos; una cierta austeridad que entronca con el carácter puritano, aunque haya aquí dos católicos. ¡Qué sobriedad! ¡Qué elegancia en las actitudes! ¡Qué diferencia en la posición de cada uno de ellos! De ninguno podemos ver ambas manos completas, pero las que están presentes muestran gestos y posturas diversas. En una de ellas atisbo a ver un pequeño anillo de oro.

Nunca quiero irme de este cuadro. Dos veces lo firmó el artista: una en el tapete y otra en la pared. Rembrandt lo hizo. Pero las datas son distintas. En el tapete de la mesa alcanzamos a ver 1662 y en la pared figura un año menos. No sé resolver este enigma cuando ya otro me atrapa: esa especie de pintura que aparece a la derecha, sobre el zócalo de madera que envuelve la pared de la estancia. Alcanzo a ver una especie de faro con hogueras ardiendo. Viene a simbolizar la idea de la precaución, dando a entender cómo un buen síndico ha de estar siempre alerta y ser cuidadoso en sus decisiones. Todo esto es un retrato de grupo. Como en la lección de anatomía. Este bien podría llamarse la lección de psicología.
Imprescindible visitar la excelente ficha que sobre esta obra genial se contiene en la Web del Risjkmuseum.

4 comentarios:

anarkasis dijo...

no conozco la historia en sí de esa obra (ahora gracias a ti conozco algo más) pero eso tipo de encargos que se colocaba en zona pública traía sus dimes y diretes... que si se ha pagao mucho que si eso no es suyo que si se la ha hecho el "negro", etc etc. Rembrandt era un apasionado de Tiziazo vamos un tizianista y recuerdo el caso famoso de Tiziano en que volvió a la iglesia de san Salvador en Venecia y en público escribió de nuevo su nombre en la anunciación pero con el "hecho por Tiziano", ante la acusación de que no era suyo...(igual es una historia "paralecida")
un saludo

Juan Diego Caballero dijo...

Hola, Anarkaksis: me alegra verte por aquí de esta manera tan desenfadada. Conocía vagamente esa anécdota de Tiziano, aunque creo que la doble fecha de Rembrandt debe tener otra explicación. No lo sé con certeza. Saludos cordiales
JDC

Anónimo dijo...

Hola me gustaria saber cuanto puede valer una replica de 90 x 1,10 metros de 55 años de antiguedad firmado por el que iso la reproducción .

Anónimo dijo...

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