30 septiembre 2009

UNA CASA ENTRE LOS PINOS

DEJANDO A UN LADO EL CHALÉ CONVENCIONAL

Pocas veces se tiene ocasión de asistir casi en directo a la génesis de un edificio y, mucho menos, de que sea el propio arquitecto que lo ha diseñado quien te explique sus intenciones al levantarlo, los problemas que generó su construcción y las soluciones que se plantearon. Pero eso exactamente es lo que me ha sucedido respecto a la casa que el arquitecto sevillano Antonio Cabrera Ponce de León ha concebido en la gaditana playa de La Barrosa (Cádiz), un lugar dotado de innegables atractivos naturales, pero donde la buena arquitectura brilla frecuentemente por su ausencia. Como es bien sabido, en nuestro país existe una arraigada tendencia entre quienes disponen de recursos económicos para hacerse construir una segunda residencia en la que pasar la temporada de verano. En este caso, el edificio suele reproducir un inexistente pero tópico modelo que tal vez pretenda remontarnos a entornos rurales: la teja estará bien presente en la cubierta, abundara la cal o la pintura blanca (a veces, con revoques a la moda ibicenca) y la vivienda será la excusa perfecta para materializar todo tipo de detalles de mal gusto: escaleras de caracol innecesarias, compartimentación excesiva de los espacios, deficientes iluminaciones de los interiores, etc.

En nada de ello ha incurrido Antonio Cabrera, quien con este edificio ha llevado a cabo una doble tarea: de un lado un ejercicio de estilismo arquitectónico; de otro, proponer un antimodelo: una demostración de que también en una playa puede construirse de una manera diferente, respetando la naturaleza y, al mismo tiempo, resolviendo satisfactoriamente las necesidades de quienes van a habitar la vivienda.

La parcela en la que se llevó a cabo la edificación poseía diversos ejemplares de pinos de gran tamaño, magníficas muestras del amplio bosque de esa especie que aún subsiste en La Barrosa. El primer encargo de la propiedad fue, precisamente, respetar esos pinos. A tal efecto, el arquitecto ha concebido un estrecho parelelepípedo al que los árboles parecen abrazar por todas partes; una casa en dos alturas y con cubierta plana accesible, construida en ladrillo de color blanco y que muestra completamente cerradas al exterior sus dos caras menores, mientras en las de mayor tamaño la disposición de los huecos se organiza de tal manera que en las zonas comunes deja pasar por completo la luz exterior y las convierte, prácticamente, en transparentes.

De esta forma, en planta baja se disponen un área conjunta de salón-cocina y el dormitorio principal con un baño, mientras la planta superior se reserva a las habitaciones, organizadas en línea a través de un pasillo que recorre el eje longitudinal del edificio y precedidas por un luminoso estudio abierto al nivel inferior. En la cubierta de la vivienda el arquitecto ha situado una zona de estar, al aire libre, rematada en uno de sus extremos por una piscina de pequeñas dimensiones. Desde ella la vista abarca un inmenso horizonte en el que se confunde el verde de las copas de los pinos con el azul del océano.

Nada hay en esta casa que resulte innecesario. Ninguna concesión a esas modas de playa tan habituales. Ningún elemento discordante o superfluo. La pureza de las líneas del edificio se conjuga con el minimalismo de los elementos empleados para levantarlo. Nada decora, porque la decoración está ya en el propio trazado de la casa y en los mismos pinos que la rodean. Blanco y verde. Y, sin embargo, se respira allí una clara sensación de confort, de verdadera segunda residencia que invita al sosiego y al relax. A disfrutar sin prisas del conjunto. El arquitecto quería hacer, simplemente. una casa entre los pinos: intento conseguido. Con estilo.

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