28 enero 2010

LA ERMITA DE SAN MAMÉS DE AROCHE

MUDÉJAR TOLEDANO EN LA SIERRA DE HUELVA


El edificio que hoy comento es para mi un viejo conocido. Lo visité por primera vez siendo estudiante de los últimos cursos de la universidad, hace ya más de treinta y cinco años. Aún conservo viejas fotografías en blanco y negro que atestiguan el mal estado en que entonces se encontraba. He regresado luego otras veces allí por pura nostalgia de esta zona, la Sierra de Huelva, así que he ido comprobando cómo progresaba lentamente la restauración del templo y cómo avanzaban las excavaciones del yacimiento arqueológico que lo circunda. Ahora estoy otra vez en el Llano de San Mamés, a los pies de la población de Aroche y muy cerca del río Chanza, que baja caudaloso en este invierno de días lluviosos como el de hoy. Tiene esto, en cambio, la gran ventaja de la soledad, tanta que hasta la iglesia está cerrada y quien se ocupa de su custodia sale a abrirla desde un automóvil en el que se ha refugiado tratando de huir de la humedad que todo parece inundarlo.


Son ya pocos los que dan a esta iglesia su denominación originaria de San Pedro de la Zarza y muchos más quienes la conocen como ermita de San Mamés, porque hasta aquí traen una vez al año al santo patrón de Aroche, en animada romería. Pero, dejando aparte devociones locales, me atrae más el propio edificio y la interesante historia del lugar en el que se encuentra. Aquí, en plena Beturia céltica, se levantó a mediados del siglo I d.C. la ciudad romana de Turóbriga, cuyo foro está literalmente a las puertas de la ermita, de la que se sospecha que aprovechó para su asentamiento las ruinas de una basílica romana de la que, en cierta medida, heredó la planta.


Este templo pertenece a lo que se denomina arquitectura de repoblación, resultado casi directo de la reconquista cristiana de la zona a mediados del siglo XIII. Poco después debió levantarse la iglesia, según modelos pertenecientes al mudéjar de tradición toledana, con las lógicas aportaciones de la arquitectura gótica, bien patentes en la presencia de arcos apuntados y en la organización de las bóvedas del presbiterio. Tratándose de una ermita, sus dimensiones son bastante amplias y desde la portada de los pies vuelve a sorprenderme lo espacioso de su planta basilical dividida en tres naves y tres tramos mediante pilares sobre los que apean arcos apuntados, todos enmarcados por un alfiz. Posee el templo una cabecera organizada en dos tramos, el primero rectangular y el segundo absidado, cubriéndose respectivamente con bóveda de nervios sexpartita y bóveda radial. ¡Hasta aquí ha llegado la presencia del nervio espinazo, tan característico de la arquitectura gótica! Por el contrario, son planos los testeros que rematan las naves laterales, cuya observación en planta permite apreciar los errores cometidos por los constructores para alinearlas con respecto al eje longitudinal del edificio.

La ermita en la que ahora vuelvo a entrar es un mudo testigo de la evolución histórica del lugar. En su construcción se emplearon materiales romanos de acarreo y se recurrió también a la mampostería y al ladrillo, tan propio de la arquitectura mudéjar. Además es posible que en lo que ahora podemos contemplar se sinteticen dos diferentes etapas constructivas: la más antigua, del siglo XIII, sería la cabecera, mientras que la mayor parte de las naves podría ser ya obra del siglo XV. Posteriormente en el XVIII se agregaron el campanario que se alza como torre-fachada  en el hastial de los pies del templo, proporcionándole su característica silueta, así como la vivienda del santero, la sacristía y los dos hermosos porches de arcos rebajados, hechos en ladrillo y encalados en su totalidad.


Izquierda: portada de la Epístola. Derecha: portada del Evangelio.

Pero este templo tiene más cosas que lo hacen tan atrayente. En el exterior puedo recrearme en sus portadas. La de los pies, bajo la torre; la de la nave de la Epístola, con su sencillo arco apuntado con alfiz; y, sobre todo, la de la nave del Evangelio, hecha en ladrillo y con un marcado alfiz sobre el arco apuntado y angrelado. El ladrillo es también el material empleado en los arcos ciegos de medio punto que decoran exteriormente al trano rectangular del ábside, el cual, por cierto, se remata en una preciosa ventana ajimezada, con arquivolta de arco túmido angrelado. ¿Es posible mayor muestra de mudejarismo en esta ermita?





















Izquierda: arcos ciegos del primer tramo del presbiterio. Derecha: ventana ajimezada del ábside. Inferior: pinturas murales del interior del templo. Izquierda: San Cristóbal. Derecha: decoración de un pilar.


Cuando visité la iglesia por primera vez su ajado interior estaba por completo encalado. Sucesivas intervenciones han despojado a los muros de esta capa de cal, hasta descubrir la primitiva decoración que debió tener a mediados del siglo XV. Un repertorio de tradición gótica con escenas diversas: un San Cristóbal cargado de criaturas, una Anunciación y una Última Cena con un San Juan en postura casi imposible. Hay además otras pinturas  de estilo geométrico en la base de los pilares y en el púlpito. Y aquí reside el único pero que puede ponerse al trabajo de recuperación de esta ermita singular. Es muy posible que algunas de esas pinturas tuviesen originariamente los colores chillones que ahora tengo ante mi. El tiempo y la incuria los fueron apagando, pero a sus restauradores eso no pareció preocuparles. Así que dispuestos a recuperar, sensu estrictu, el pasado, se aprestaron a recrear el ya inexistente colorido. Juzgue el lector por las fotos pero, a mi juicio, se les fue la mano.

No hay mucha información en la red sobre esta ermita. Si acaso mirad esta página con algunos datos básicos y la información sobre Aroche que figura en esta otra.

2 comentarios:

ACO dijo...

Excelente descripción de la agradable ermita. Excelente visita... Resta por comentar la ciudad romana...

Juan Diego Caballero dijo...

Aco: tu visita es toda una agradable sorpresa. Saludos cordiales y hasta pronto. JDC

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